3 minutos de lectura

Somos nuestras palabras

por

Nuestro vocabulario nos define. Criogenizar es una palabra de nuevo cuño que aún no ha registrado la RAE, pero lo tendrá que hacer. En el diccionario ya estaba criogenia, que tampoco es muy antigua. Leo en las noticias que hay una empresa que ha solicitado permiso para construir el primer cementerio criogénico donde almacenar cuerpos congelados. Es curioso como nuestras palabras pueden definirnos como sociedad, pues que hayamos creado una palabra como criogenizar o un concepto como cementerio criogénico significa que tenemos miedo de irnos para siempre, incluso después de muertos. Aunque la ciencia nos advierta de que al congelarnos el hielo rompe nuestras células y ya no existe vía posible hacia una futura resurrección, preferimos estar congelados en la eternidad, con estalactitas en la nariz y cara de pasar mucho frío, antes que desaparecer en un horno crematorio o, peor aún, en la digestión de un gusano.

Lo paradójico de todo esto es que nosotros nos iremos, pero la que ya no se va a morir nunca es criogenizar, pues las palabras nunca mueren. Algunas veces pasan un tiempo en la nevera, congeladas, pero siempre vuelven. Sus células resisten mejor al frío, digo yo. Por poner unos ejemplos de palabras derrotadas por el desuso, diré que estoy seguro de que, cuando menos lo esperemos, volveremos a usar fiambreras para llevar al guateque la comida que compramos en la tienda de ultramarinos y lo pasaremos fetén con nuestros amigos.

Leo también en la noticia que hay quién pide que lo criogenicen vivo y concluyo que es una estupidez pues, si el hielo destruye las células, es algo así como un suicidio. O peor aún, como matarse en el intento de no morirse nunca. Nos hemos vuelto idiotas. Sólo si fuéramos palabras, pienso, tendría sentido criogenizarse. Llamo la atención de mi tía, que está viendo la tele en el salón, y le pregunto si cuando se muera quiere que la criogenicemos o qué. Ella quiere saber si eso cuesta más que incinerarse y le contesto que supongo que sí, que salir ardiendo es un momento, pero estar congelado hasta la eternidad tendrá sus gastos de mantenimiento. Entonces, a voz en grito y a sus 89 años, me dice que calcule el dinero que pagaríamos por criogenizarla y nos lo gastemos en comprarle botellas de anís y en organizarle comilonas. Que si es por ella, cuando muera podemos tirarla a un pozo. No se sorprendan, en lugar de los ganglios infectados que usted y yo podemos o no tener en las axilas, a mi tía todavía le salen golondrinos en los sobacos.

Fotografía por cortesía de bjaglin.

Si te gustó, dale un poco de cariño:

Share
Andrés Cardenete

Periodista en PACMA  Licenciado en periodismo. La mayor parte de mi carrera la desempeñé en medios. Ahora trabajo en un departamento de comunicación mientras echo de menos la trinchera. Si buscas un columnista te invito a ponerte en contacto conmigo.

Sígueme:

Otras columnas:

El vencecanguelos

Aquel día yo seguía siendo un niño bueno, como cualquiera que tuviera la edad para cursar 3º de EGB. Sin embargo, alguna trastada inocente tuve que hacer para que la seño Anamari me expulsara de clase y me mandara castigado a la biblioteca. Había algunos profesores que siempre nos amenazaban con eso. “Como sigas así te mando a la biblioteca”, decían. Así, en el imaginario colectivo de mi clase, todos pensábamos que ir a la biblioteca era como adentrarse en el averno.

Exiliados de extrarradio

En las hamacas de la playa ya nadie lee a Fernán Caballero. Guillermo avanza con dificultad entre los flotadores, las colchonetas hinchables y los grupos de británicos que, sentados con cervezas y torsos desnudos en las escaleras, inundan el portal de su bloque, antes un reconocido edificio del centro de Málaga convertido hoy en una especie de improvisado albergue, alfombrado de arena y salitre, para turistas. Allí no quedó hueco para Emilia, una joven profesora de primaria en un colegio de la capital.

Andaluz, en serio

Soy andaluz (como María Zambrano, como Antonio Muñoz Molina, como Trajano), de un tierra labrada por los que la sudan cada día para regalar a la vista mares de olivos, campos de trigo, hileras de viñedos; y donde también florece la cultura en teatros, auditorios, conservatorios y en más de once universidades llenas de alumnos, catedráticos y doctores. La mayoría muy buenas; algunas excelentes, como la Universidad de Granada que ocupa el tercer lugar de las mejores de España en el Shanghai ranking.

Share