Lo más oscuro
del infierno

ANDRÉS CARDENETE

Periodista

Hoy es el día más importante de tu vida. Es curioso como a veces se te olvida que lo más importante de la vida es la muerte. A mí no, yo lo aprendí el 31 de octubre de 1996, en la fiesta de mi quince cumpleaños. Aquella mañana Linares se había despertado barrida por un cálido y denso viento, como si una bocanada del mismísimo diablo quisiera robarle el alma a los moradores de la ciudad. Para celebrar mis quince años, mi padre se había empeñado en llevarnos a mí y a mis primos al campo. La mayoría de recuerdos que tengo del acontecimiento son vagos, pero no podré olvidar que estábamos jugando al pañuelo cuando el suelo cedió bajo mis pies y mi cuerpo se precipitó por un filón de lodo y raíces hasta el fondo de aquella mina maldita. Hasta lo más oscuro del infierno.

El agujero en el que caí era tan estrecho que no pude levantarme. A mi nariz llegaba un olor a ropa húmeda y azufre. Escuchaba a mi padre y a mis primos gritar mi nombre, desesperados. Intenté hacerme escuchar, gritarles que me ayudaran, pero por más que abría mi boca y forzaba mis cuerdas vocales, ningún sonido salía de mi garganta. Las voces de mis familiares se fueron perdiendo junto a mis esperanzas en el fondo de aquel lugar. Primero llegó la tormenta y, después, aquel extraño sonido. Como si algo metálico golpeara la pared de piedra que había detrás de mí. Primero pensé que sería mi padre, luego concluí que nadie podría haber llegado a tanta profundidad en tan poco tiempo.

Hubo tres golpes más fuertes que el resto y se abrió una abertura en la pared por la que se colaba una tenue luz. Distinguí bajo el hueco una desgarbada silueta de brazos delgados y largas piernas. La sangre se me heló. El olor a ropa húmeda y azufre ganó intensidad conforme aquella criatura se acercaba. Se agachó junto a mí y puso su cara frente a la mía. Me costaba respirar por el olor. Inclinó su cabeza a un lado y, en ese instante, un rayo me mostró el rostro del mismísimo príncipe de las tinieblas. En lugar de ojos tenía dos oscuros y profundos agujeros, la larga melena era blanca y raída, la escasa piel de sus mejillas parecía a punto de desprenderse y por los huecos que habían dejado los dientes en su boca se colaba una siniestra carcajada. Si el horror no me mató fue porque un golpe en la nuca me sumió en la más siniestra de las pesadillas.

Lo que soñé aquella noche me ha acompañado cada uno de los días de mi vida: Un hombre de mediana edad se afeitaba frente al espejo cuando un perro se ponía a ladrar. El hombre parecía extrañamente sorprendido ante aquel acontecimiento sin importancia. Después se escuchaba el grito de una mujer seguido de unos pasos rápidos que se acercaban hasta el cuarto de baño. La puerta se abría de golpe descubriendo a una figura macabra: un cuerpo en descomposición con ojos grandes como puños y carentes de párpados y expresión. Las manos, que ahora agarraban al hombre por el cuello, parecían podridas y sus largas y sucias uñas se clavaban en su piel hasta hacerle sangrar toda gota de vida. Aquel monstruo no vino solo a la ciudad. Las calles estaban llenas de horribles criaturas que asesinaban a su paso sin piedad. En Linares no hubo almas que pudieran contarlo. Aquella hordas del infierno acorralaban a niños y mayores en Santa Margarita, aparecían tras cualquier esquina del casco antiguo, subían la cuesta de la iglesia de Santa María aniquilando a los ciudadanos sin dejar rastro de vida. La gente huía despavorida sin hallar un lugar en el que encontrar la paz. Ya no había. Aquellos espectros del mal lanzaban por la boca un extraño líquido negro que convertía la piel de las personas en una humeante masa pastosa que se escurría como mantequilla entre los huesos. Los más lúcidos se lanzaban desde los balcones, rendidos ante el macabro espectáculo. Cuando la noche se apoderó de la ciudad ya no se escucharon más gritos. Nadie había sobrevivido.

Desperté de aquella terrible pesadilla en el Hospital de San Agustín, con mucho dolor de cabeza. Me dijeron que cuando me rescataron del fondo de la mina estaba solo y tenía un golpe en la nuca que, supusieron, me había dado al caer. Yo sé que no fue así. Dediqué gran parte de mi vida a encontrar explicación a todo lo que había ocurrido. Un día, en la biblioteca municipal, mientras leía un libro sobre las minas de Linares, mis ojos se posaron en una fotografía y un relámpago atravesó mi alma. Allí estaba él, lo recordaba como si aún estuviera a mi lado, en aquel agujero al que caí en mi quince cumpleaños. En la foto tenía ojos, pero su melena blanca y raída y la carcajada que exhibía no dejaban lugar a dudas. No he querido hacerme más preguntas desde entonces.

Hoy, 31 de octubre de 2014, hacen exactamente 18 años de aquello. Si dije que este sería el día más importante de tu vida es porque, en este instante, mientras me afeito, acabo de reconocer en el espejo al primer hombre que aparecía en mi sueño. ¿Lo escuchas? Es mi perro. Mi perro no ha ladrado en sus seis años de vida. Huele a ropa húmeda y azufre.

Ya están aquí.

LECTURAS RECOMENDADAS

COLUMNAS

RELATOS

Historia de un relato de verano

FOTÍCULOS

Nichos de mercado