Necesito escribir dos historias para hacer esto. La primera es una conocida anécdota de Hollywood que me contó un director de revista durante mi breve estancia allí. Es esta. John Wayne está en la pantalla del cine y se va a enfrentar al tipo aquel de la cicatriz que le dice: «Solo hay dos hombres tan rápidos como yo en todo el Oeste. Uno está muerto. El otro es Cole Thornton». Entonces John Wayne mira al tipo aquel y dice: «Yo soy Cole Thornton». Thomas R. Davis contempla la escena desde la fila siete del Cinerama Dome y lo que de verdad le impacta es uno de los paisajes que aparecen al fondo de la película: un largo desierto con dos montañas nevadas separadas por un bellísimo río azul. Davis jamás olvidará ese paisaje que, por algún motivo, le parece idílico; tanto como para dedicar su vida a encontrarlo. Trabaja como reponedor en la cadena de alimentación Safeway y empleará todas sus vacaciones en dar con las malditas dos montañas y el río. Aquel hombre de piernas cortísimas y brazos largos, que había superado años atrás un ictus que le paralizó la mitad de la boca y siempre que hablaba parecía hacerlo para sí mismo, realizó esfuerzos titánicos para peinar sin descanso el Oeste americano año tras año, verano tras verano, cana tras cana, prostatitis tras prostatitis sin encontrar nada parecido a las dos montañas de la película. Poco después de desistir en su odisea, y por azares de la vida, Davis coincide en un club de bridge con Abel Ackermann, un judío productor de cine que había participado en la película de marras. Lógicamente, no puede estarse quieto y le pregunta. Así es como sufre la mayor decepción de su vida: el paisaje de sus sueños no era más que un fondo decorativo pintado por un artista de Vermont. Thomas R. Davis acaba de descubrir que lo que llamamos ficción no es más que un eufemismo de la palabra mentira.
La historia de Davis me lleva a aquella otra que tengo que escribir: la de ese niñato mentiroso. El renacuajo aquel que no deja de inventar tonterías. Aquel estúpido no tiene nada más que basura en el cerebro. No os podéis ni imaginar lo mentiroso que es. Ni siquiera tiene que tener un motivo o algo que esconder para hacerlo. Miente sin necesidad. Llega a casa y está deseando que sus padres le pregunten cómo le ha ido el día en el cole para sacar la metralleta de la falacia. Tampoco es que sean mentiras espectaculares: la profesora ha hecho tal o cual cosa increíble, Raúl le ha dicho a Clara tal gilipollez pero al final se han dado un beso en la boca, Jacobo se ha caído desde la ventana del segundo piso, pero lo ha frenado un arbusto y en el recreo ya estaba marcando goles. Todo mentira. El típico enano mentecato que hace trampas para ganarle a su hermana y a sus primos a los juegos de mesa; que inventa mil excusas, a cual más fantasiosa, para salirse con la suya y del que sus padres sospechan que algo le pasa. «A lo mejor», dice el padre a la madre. «A lo mejor es que tú y yo somos primos y no lo sabemos».
Un día ese niño descubre que Superman no solo no puede volar, sino que ni siquiera existe. Aunque me dolió más lo de Spider-Man. Mucho más que lo de los Reyes Magos, pero menos que a Thomas R. Davis lo de las montañas y el río, supongo. Así que no soy el único puerco mentiroso, se dice el niño. Todos aquellos tebeos de Zipi y Zape y del Capitán Trueno y de Mortadelo y Filemón son como sus mentiras. Y Tintín nunca fue a la luna o Haddock navegó hasta ultramar ni El club de los cinco entró en aquella cueva. Sin embargo, casi al mismo tiempo, cae en la cuenta de que todo el mundo respeta aquellas enormes mentiras de los libros, muchos más grandes que las suyas. Es entonces cuando el niño, que aún no sabe escribir bien pero se engaña a sí mismo pensando que sí, se sienta delante de la vieja Olivetti de su padre y teclea en busca de la salvación.