Ensayo literario · Andrés Cardenete · 2026

BREVE ENSAYO SOBRE
LA PATRAÑA DE LA FICCIÓN

Fábrica de mentiras 100% humanas

Andrés Cardenete 8 min de lectura
Retrato de John Wayne como icono del cine western americano, ilustración pulp noir en blanco y negro con acento naranja — ensayo sobre el pacto de ficción y la mentira literaria

Necesito escribir dos historias para hacer esto. La primera es una conocida anécdota de Hollywood que me contó un director de revista durante mi breve estancia allí. Es esta. John Wayne está en la pantalla del cine y se va a enfrentar al tipo aquel de la cicatriz que le dice: «Solo hay dos hombres tan rápidos como yo en todo el Oeste. Uno está muerto. El otro es Cole Thornton». Entonces John Wayne mira al tipo aquel y dice: «Yo soy Cole Thornton». Thomas R. Davis contempla la escena desde la fila siete del Cinerama Dome y lo que de verdad le impacta es uno de los paisajes que aparecen al fondo de la película: un largo desierto con dos montañas nevadas separadas por un bellísimo río azul. Davis jamás olvidará ese paisaje que, por algún motivo, le parece idílico; tanto como para dedicar su vida a encontrarlo. Trabaja como reponedor en la cadena de alimentación Safeway y empleará todas sus vacaciones en dar con las malditas dos montañas y el río. Aquel hombre de piernas cortísimas y brazos largos, que había superado años atrás un ictus que le paralizó la mitad de la boca y siempre que hablaba parecía hacerlo para sí mismo, realizó esfuerzos titánicos para peinar sin descanso el Oeste americano año tras año, verano tras verano, cana tras cana, prostatitis tras prostatitis sin encontrar nada parecido a las dos montañas de la película. Poco después de desistir en su odisea, y por azares de la vida, Davis coincide en un club de bridge con Abel Ackermann, un judío productor de cine que había participado en la película de marras. Lógicamente, no puede estarse quieto y le pregunta. Así es como sufre la mayor decepción de su vida: el paisaje de sus sueños no era más que un fondo decorativo pintado por un artista de Vermont. Thomas R. Davis acaba de descubrir que lo que llamamos ficción no es más que un eufemismo de la palabra mentira.

La historia de Davis me lleva a aquella otra que tengo que escribir: la de ese niñato mentiroso. El renacuajo aquel que no deja de inventar tonterías. Aquel estúpido no tiene nada más que basura en el cerebro. No os podéis ni imaginar lo mentiroso que es. Ni siquiera tiene que tener un motivo o algo que esconder para hacerlo. Miente sin necesidad. Llega a casa y está deseando que sus padres le pregunten cómo le ha ido el día en el cole para sacar la metralleta de la falacia. Tampoco es que sean mentiras espectaculares: la profesora ha hecho tal o cual cosa increíble, Raúl le ha dicho a Clara tal gilipollez pero al final se han dado un beso en la boca, Jacobo se ha caído desde la ventana del segundo piso, pero lo ha frenado un arbusto y en el recreo ya estaba marcando goles. Todo mentira. El típico enano mentecato que hace trampas para ganarle a su hermana y a sus primos a los juegos de mesa; que inventa mil excusas, a cual más fantasiosa, para salirse con la suya y del que sus padres sospechan que algo le pasa. «A lo mejor», dice el padre a la madre. «A lo mejor es que tú y yo somos primos y no lo sabemos».

Un día ese niño descubre que Superman no solo no puede volar, sino que ni siquiera existe. Aunque me dolió más lo de Spider-Man. Mucho más que lo de los Reyes Magos, pero menos que a Thomas R. Davis lo de las montañas y el río, supongo. Así que no soy el único puerco mentiroso, se dice el niño. Todos aquellos tebeos de Zipi y Zape y del Capitán Trueno y de Mortadelo y Filemón son como sus mentiras. Y Tintín nunca fue a la luna o Haddock navegó hasta ultramar ni El club de los cinco entró en aquella cueva. Sin embargo, casi al mismo tiempo, cae en la cuenta de que todo el mundo respeta aquellas enormes mentiras de los libros, muchos más grandes que las suyas. Es entonces cuando el niño, que aún no sabe escribir bien pero se engaña a sí mismo pensando que sí, se sienta delante de la vieja Olivetti de su padre y teclea en busca de la salvación.

Máquina de escribir Olivetti Lettera 22 verde menta, objeto icónico de la escritura literaria del siglo XX, ilustración pulp noir — símbolo del escritor y la narrativa artesanal
Parte primera

El pacto
de ficción

Lo que descubrió el niño no es nada nuevo. Ya Aristóteles dijo que «para convencer, es preferible una mentira creíble a una verdad increíble». Los escritores y los lectores se necesitan tanto como los mentirosos y los ilusos. Todo escritor es un enorme mentiroso y todo lector es un iluso dispuesto a tragarse esas mentiras. Ahí reside el verdadero poder de la literatura: en el pacto no escrito entre el escritor y el lector a través del cual el segundo permite saberse mentido a cambio de una historia que le cautive, le emocione o le haga reflexionar. El poeta Samuel Taylor Coleridge lo definió como la «suspensión voluntaria de la incredulidad». Por eso leemos el Quijote, aunque sepamos que si Alonso Quijano hubiese sido un loco de su tiempo habría acabado tutelado por su familia, sus vecinos o la justicia; le habrían quitado el control de sus bienes y, muy probablemente, le habrían metido en una jaula. Cervantes era un mentirosillo. «La mentira es mejor cuanto más parece verdadera y tanto más agrada cuanto más tiene de lo dudoso y lo posible», llegó a decir. Tal vez el más grande de los mentirosillos.

Si has leído a Arthur Conan Doyle, seguramente habrás intentado descubrir la profesión de una persona fijándote en sus zapatos, en los detalles de sus manos o en su postura. Pero no se puede, Sherlock Holmes es mentira. Un imposible. No existe. Indiana Jones, tampoco. El cine parte de un guion, que no deja de ser una historia escrita. Por eso ambos mundos representan al arte de la mentira. No ocurre con la pintura o la escultura o el resto de las artes que parten de la realidad. Hay verdad hasta en el cubismo.

Todo escritor es un enorme mentiroso y todo lector es un iluso dispuesto a tragarse esas mentiras. El pacto de ficción
Retrato de Sherlock Holmes con gorra deerstalker y pipa, icono de la literatura universal y símbolo del pacto de ficción — ilustración pulp noir estilo portada de novela

Da igual el género literario que elijas. Puedes pensar en una autobiografía, por ejemplo, y creerte que se acerca a la verdad. En realidad es lo contrario: una autobiografía es una historia contada sobre sí mismo por un mentiroso. A nadie le mientes más que a ti. No queremos que la gente sea condescendiente con nosotros, pero lo somos bastante con nosotros mismos. Es inevitable. Supervivencia. Nadie nos entiende mejor. Philippe Lejeune explicó muy bien que cualquier verdad que encontremos ahí será solo la subjetiva del autor («Mi verdad»). Así que una autobiografía es una mentira mucho más precisa, casi quirúrgica, que la ficción. Por eso no leo autobiografías, porque me cuesta mucho tragarme el pacto. También me pasa con las biografías autorizadas en las que solo veo dos egos esforzándose por llamar la atención.

Truman Capote inventó lo que se ha llamado no ficción con la novela A sangre fría. En ella narra un asesinato real desde un punto de vista aparentemente objetivo. Conforme lees te das cuenta de que el autor está fascinado —sería más correcto decir que enamorado— de uno de los asesinos, y que no hace falta tener competencias muy avanzadas de comprensión lectora para detectarlo. Recomiendo ese libro, es una patraña maravillosa, que fascina y aterra al mismo tiempo.

Parte segunda

El pacto
de humanidad

Robot retro de los años 50 estilo ciencia ficción pulp, icono pop de la inteligencia artificial, ilustración noir sci-fi — reflexión sobre la IA y la escritura literaria humana

Esto es más nuevo. De momento, la inteligencia artificial puede engañar a Thomas R. Davis con paisajes idílicos, pero no puede sustituir al niño mentiroso que escribe novelas. Los libros escritos con inteligencia generativa son horripilantes. Pero no siempre será así. La ciencia avanza y engulle.

Hace poco se realizó una prueba. Se pidió a un grupo de autores que escribieran un párrafo. Se entrenó a un modelo de IA con la obra de estos autores y se le pidió que, imitando su estilo, escribiera un párrafo. Ambos párrafos fueron mostrados a lectores de esos autores que no fueron capaces de diferenciar qué había escrito la IA y qué su autor favorito. Esto quiere decir que la IA ya ha engullido uno de nuestros párrafos, en un tiempo engullirá nuestras novelas. Soy bastante pesimista a este respecto.

Hay autores que aseguran que es imposible, ya que una IA no puede reflejar en una obra el momento de vida exacto en que un escritor escribe su obra ni la verdad que hay detrás de ella. Espera a que aprenda a mentir como tú.

Soy un enfermo que hasta pone putos puntos finales a las oraciones que envío por WhatsApp. El pacto de humanidad

Una persona que organizaba un evento se puso en contacto conmigo para preguntarme si podría impartir un taller de narrativa y solicitarme una propuesta. Soy bastante cuidadoso con estas cosas así que, aunque me había escrito por WhatsApp, me esforcé en entregarle una propuesta bien redactada, como si se tratase de un correo electrónico. Creo que empezaba así:

Mensaje — WhatsApp

«Hola:
Espero encontrarte bien.»

Y después, la propuesta. Pues bien, en su escueta respuesta mi interlocutora no tuvo reparos en alabar abiertamente lo bien que me había apañado con la IA para la redacción. Aún no me he recuperado.

Soy periodista y llevo esforzándome en redactar con pulcritud y eficacia toda mi vida. Soy un enfermo que hasta pone putos puntos finales a las oraciones que envío por WhatsApp. En fin. Nos van a señalar muy a menudo. Van a dudar de nuestras obras. Las grandes tecnológicas van a lograr difuminar la línea entre lo artesanal y lo artificial hasta que no quede nada.

Tal vez inventen una etiqueta o certificado de calidad humano para estamparlo en nuestros libros. Pero creo que no será tan rentable. Ojalá me equivoque, pero no veo a las editoriales con ánimo de frenar esto. Creo que están frotándose las manos. Siempre quedarán románticos, eso seguro. Mario Vargas Llosa dio en la clave antes de que la IA nos impactara: «sus mentiras [las de los literatos] guardan verdades». Tal vez haya un resquicio de salvación entre tanta mierdificación.

Hablando de salvaciones, un día Abel Ackermann llamó a Thomas R. Davis y lo invitó a los estudios en los que se rodó La búsqueda. Anduvieron con linternas largo rato por una enorme nave en la que había innumerables objetos de atrezo. Al final del todo había una pared. Cuando Ackerman la iluminó con su linterna, a Davis le dio un síncope vasovagal. El viejo productor se encargó de que un camión llevase el paisaje pintado por el artista de Vermont hasta el garaje de la casa de su pareja de bridge. Davis, que ya estaba bastante mayor, pudo disfrutar de la gran mentira de su vida hasta su muerte. Al final es una historia bonita. Pero no os la creáis.

No he dejado de mentir desde que me senté frente a la vieja Olivetti de su padre. Yo nunca he estado en Hollywood.

Desierto con dos montañas nevadas separadas por un río azul — ilustración pulp noir estilo telón pintado de Hollywood, símbolo de la mentira literaria en el ensayo sobre el pacto de ficción de Andrés Cardenete
Breve ensayo literario sobre la patraña de la ficción — Andrés Cardenete — 2026
Volver al inicio andrescardenete.com