El marinero
y el perro gris

ANDRÉS CARDENETE

Periodista

Llegué a la isla por accidente. Pese a las recomendaciones de mi padre, siempre me gustó navegar sola. Salí de Portonovo para hacer mi recorrido habitual vía Canarias. En aquella embarcación aprendí a navegar. Junto a su vela de proa me sentía mejor que en casa.

Después de comer me gusta sentarme en la popa y, perdida en alta mar, sumergirme en alguno de mis viejos libros. No recuerdo mucho más de aquella tarde. Si acaso, que la brisa que me acariciaba el pelo se fue afilando y que el sabor a sal que enjuagaba mi lengua ganó profundidad. Supongo que la calma chicha me sorprendió volviéndose norte y que me dispuse a campear cuando algo —quizá la botavara por un descuido— golpeó mi cráneo en el punto del desmayo.

Desperté sobre la suave arena, con el cuerpo envuelto en la húmeda caricia del mar y un penetrante dolor de cabeza. Por un instante creí que la sangre había humedecido mi ropa, pero me tranquilizó comprobar, entre jadeos, que no tenía herida alguna; pese al malestar. No sé el tiempo que pasé tumbada entre el desconcierto y las olas. Fue un extraño sonido el que me hizo reaccionar.

Un eco intermitente, casi metálico.

Me incorporé sentándome sobre la arena y sentí como el corazón volvía a enviar sangre a mis músculos y a mi cabeza. La borrosa y pequeña silueta se fue aclarando frente a mí. El sonido metálico se hizo soportable. Distinguí a un perro de pelo enmarañado y gris al que —aunque esto lo descubriría más tarde— le faltaba una oreja. Ladraba a unos metros de mi posición. Se puso a dar vueltas cuando logré levantarme; quería que lo siguiera. A duras penas pude hacerlo, apoyándome a cada rato en palmeras que resbalaban a la vista y tropezando en matorrales que adoquinaban el suelo, enredándose entre mis torpes pasos. Encomendé mi alma a Dios porque ese perro supiera lo que hacía y no tardé mucho en tener respuesta a mis plegarias. Al traspasar la entrada de una especie de pueblo rodeado por una muralla de piedra y yedra, el cielo se convirtió en suelo y el suelo en cielo, el mundo volvió a apagarse, mis rodillas cedieron sin previo aviso.

Desperté de este segundo desmayo en mejor posición. El mullido catre abrazaba mi dolor y la chimenea calentaba mi sangre y una olla de hojalata.

Damián —con su voz honda como el Atlántico— me ofreció un poco de caldo. Pasé varios días reponiéndome gracias a ese marinero de hombros anchos, que también resultó ser un sabio curandero. Me aplicaba los cuidados con delicadeza, pese a su rudo aspecto. Damián tenía la piel curtida por el salitre y, cuando me quejaba de mi dolor de cabeza o de mis mareos, me miraba indiferente, como miran los que saben que la vida también va de eso.

Mientras el tratamiento y el tiempo acabaron de recuperarme el espíritu, descubrí que —para mi fortuna— aquel hombre vivía junto a un perro con el pelo enmarañado y gris al que le faltaba una oreja. Mis dos héroes.

Jamás en mi vida he conocido a gente más agradable que la de aquel pueblo. Incluso sentía simpatía hacia el brujo Elías, aunque siempre me hablara con cierto aire de superioridad. Todos me hacían sentir mejor que en casa. Mi favorita era la anciana Herminia, que cocinaba unas galletas estupendas y siempre insistía en ofrecer más de lo que mi estómago podía tolerar.

Damián me acogió en su casa y -con un poco más de tiempo- se convirtió en mi hogar. Encontré tatuajes y cicatrices escondidos en el cuerpo de este fuerte y atento marinero, comprobé que sus besos sabían a tabaco, perdí mi alma entre sus grandes manos y mis sentidos en su eterno aroma a mar.

Después de comer me gustaba pasar unos minutos abrazada a Èl y el resto de la tarde lo dedicaba a navegar en su embarcación. Pese a lo que me ocurrió justo antes de llegar a esa isla en la que nada malo pasaba —o precisamente por eso— volvía a navegar sola asiduamente.

Pero un día, en uno de esos viajes, confundí al grupo de salvamento con piratas. Dijeron que llevaban buscándome semanas. Les conté mi historia. Uno de ellos aseguró que allí no había ninguna isla, que tampoco salía en los mapas. Les conduje hasta el lugar exacto, pero sólo encontré el mar, el horizonte y un extraño vacío. La confusión no me dejó diferenciar si la embarcación en la que me encontraba era la de Damián o la de mi padre, lo que se convirtió en un argumento más para los médicos. Llené mi habitación de mapas náuticos, me escapé de casa en numerosas ocasiones y embarqué en busca de las manos de Damián. Sólo sirvió para que mis padres me ingresaran en un Hospital Psiquiátrico por recomendación médica.

Creen que estoy loca, pero no es así. Cada noche, frente a la ventana de mi habitación, un perro viene a visitarme. Tiene el pelo enmarañado y gris y le falta una oreja. Huele a mar y a cariño.

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