4 minutos de lectura

Capitanes de biblioteca

por

No se imaginan las aventuras que pueden ocurrir en mi estantería. Philip Pirrip, erguido sobre sus toscas botas, nos hacía reír al recordar el curioso incidente ocurrido cuando su cuñado y amigo Joe Gargery intentó aparentar modales de alta alcurnia mientras era delatado, una y otra vez, por un sombrero que parecía tener vida propia entre sus manos. Era tan graciosa su manera de contarlo y los aspavientos que utilizaba que hasta el experimentado capitán Marlow, que había conocido el horror durante su reciente travesía por África, no pudo evitar la carcajada. A excepción de Haddock –él es de otra cuerda–, los capitanes que conozco suelen ser así,  bastante serios y poco propicios a la sonrisa. Diego Alatriste y Tenorio, por ejemplo, no puede esbozar más que media. Un día de estos tengo que volver a quedar con él.

El caso es que allí estaba Pip, contándonos el pasaje de Joe y su sombrero, cuando nos asaltó la voz de Long John Silver en plena discusión con Sandokán por el amor de Ana Karenina. Alonso Quijano quiso interceder pero, como quiera que a menudo se le va la olla, confundió al capitán Flint con un dragón, se lanzó hacia el pájaro con su lanza y el guirigay que se armó fue tremendo. Jean Valjean logró establecer un cierto orden, pero los nervios no se apaciguaron del todo hasta que Sherlock, en el habitual y excesivo alarde de sus cualidades, reveló que aquella chica no era Karenina, sino su asesina Milady de Winter que se hacía pasar por aquella.  Al comisario Montalbano nunca le gustó la ortodoxia del Doctor Watson así que, tras leer las notas de éste, requirió la opinión del camaleónico Dantés para descubrir si tras esos ojos azules había realmente una homicida disfrazada.

Me hubiera encantado saber cómo acabó aquella historia, pero las ensoñaciones provocadas por un trozo de magdalena empapado en té me transportaron a otro lugar. En cualquier caso, lo más sorprendente es que esta improvisada aventura ocurriera en los casi 24 centímetros que mide una de las baldas de mi biblioteca. Imaginen lo que pueden ustedes encontrar en la librería de la esquina.

Fotografía por cortesía de dilettantiquity

*Todos los personajes de esta entrada lo son también de la literatura.
– Philip Phirrip (Pip) y Joe Gargery: Grandes Esperanzas, Dickens.
– Capitán Marlow: El Corazón de las Tinieblas (entre otros), Conrad.
– Haddok: Las Aventuras de Tintín, Hergé.
– Diego Alatriste y Tenorio: El Capitán Alatriste, Pérez-Reverte.
– Long John Silver y el capitán Flint: La Isla del Tesoro, Stevenson.
– Sandokán: Los Tigres de Mompracem (entre otros), Salgari.
– Ana Karenina: Ana Karenina, Tolstoi.

– Alonso Quijano: Don Quijote de la Mancha, Cervantes.
– Jean Valjean: Los Miserables, Víctor Hugo.
– Sherlock y Watson: Las Aventuras de Sherlock Holmes, Doyle.
– Milady de Winter: Los Tres Mosqueteros, Dumas.
– Comisario Montalbano: La Forma del Agua (entre otros), Camilleri.
– Dantés: El Conde de Montecristo, Dumas.
– La magdalena de Proust: En Busca del Tiempo Perdido, Proust.

Si te gustó, dale un poco de cariño:

Share
Andrés Cardenete

Periodista en PACMA  Licenciado en periodismo. La mayor parte de mi carrera la desempeñé en medios. Ahora trabajo en un departamento de comunicación mientras echo de menos la trinchera. Si buscas un columnista te invito a ponerte en contacto conmigo.

Sígueme:

Otras columnas:

El vencecanguelos

Aquel día yo seguía siendo un niño bueno, como cualquiera que tuviera la edad para cursar 3º de EGB. Sin embargo, alguna trastada inocente tuve que hacer para que la seño Anamari me expulsara de clase y me mandara castigado a la biblioteca. Había algunos profesores que siempre nos amenazaban con eso. “Como sigas así te mando a la biblioteca”, decían. Así, en el imaginario colectivo de mi clase, todos pensábamos que ir a la biblioteca era como adentrarse en el averno.

Exiliados de extrarradio

En las hamacas de la playa ya nadie lee a Fernán Caballero. Guillermo avanza con dificultad entre los flotadores, las colchonetas hinchables y los grupos de británicos que, sentados con cervezas y torsos desnudos en las escaleras, inundan el portal de su bloque, antes un reconocido edificio del centro de Málaga convertido hoy en una especie de improvisado albergue, alfombrado de arena y salitre, para turistas. Allí no quedó hueco para Emilia, una joven profesora de primaria en un colegio de la capital.

Andaluz, en serio

Soy andaluz (como María Zambrano, como Antonio Muñoz Molina, como Trajano), de un tierra labrada por los que la sudan cada día para regalar a la vista mares de olivos, campos de trigo, hileras de viñedos; y donde también florece la cultura en teatros, auditorios, conservatorios y en más de once universidades llenas de alumnos, catedráticos y doctores. La mayoría muy buenas; algunas excelentes, como la Universidad de Granada que ocupa el tercer lugar de las mejores de España en el Shanghai ranking.

Share