Columnas»

El vencecanguelos

Aquel día yo seguía siendo un niño bueno, como cualquiera que tuviera la edad para cursar 3º de EGB. Sin embargo, alguna trastada inocente tuve que hacer para que la seño Anamari me expulsara de clase y me mandara castigado a la biblioteca. Había algunos profesores que siempre nos amenazaban con eso. “Como sigas así te mando a la biblioteca”, decían. Así, en el imaginario colectivo de mi clase, todos pensábamos que ir a la biblioteca era como adentrarse en el averno.

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Exiliados de extrarradio

En las hamacas de la playa ya nadie lee a Fernán Caballero. Guillermo avanza con dificultad entre los flotadores, las colchonetas hinchables y los grupos de británicos que, sentados con cervezas y torsos desnudos en las escaleras, inundan el portal de su bloque, antes un reconocido edificio del centro de Málaga convertido hoy en una especie de improvisado albergue, alfombrado de arena y salitre, para turistas. Allí no quedó hueco para Emilia, una joven profesora de primaria en un colegio de la capital.

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Andaluz, en serio

Soy andaluz (como María Zambrano, como Antonio Muñoz Molina, como Trajano), de un tierra labrada por los que la sudan cada día para regalar a la vista mares de olivos, campos de trigo, hileras de viñedos; y donde también florece la cultura en teatros, auditorios, conservatorios y en más de once universidades llenas de alumnos, catedráticos y doctores. La mayoría muy buenas; algunas excelentes, como la Universidad de Granada que ocupa el tercer lugar de las mejores de España en el Shanghai ranking.

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La posverdad tiró el jarrón

La posverdad es una mentira; una rotunda falacia que se alimenta de la duda. Que en 2016 se convirtiera en la palabra del año de la clase política generalista dice mucho y nada bueno. Sin embargo, no es en este caso el significante el que otorga existencia al significado. Tengo un primo en Extremadura, por ejemplo, que llevaba abotonando su camisa hasta la nuez, en continuidad con su larga barba, un lustro antes de que sus amigos le empezaran a llamar hipster.

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La fiel infantería

En lugar de rifles, metralletas, granadas de fragmentación o lanza morteros acuden cada día al campo de batalla con libretas, bolígrafos, grabadoras y cámaras fotográficas. Han tenido que aprender a sobrevivir viendo pasar las balas muy cerca —zas, zas, zas—, justo por encima de sus cabezas. Y les juro que es admirable como lo hacen. Como se mueven en la zona de fuego cruzado que va del despacho del director o del jefe de redacción a la rueda de prensa y, de vuelta, al despacho.

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La parte por el todo

Existe un pecado de nuestro tiempo que consiste en magnificar una pequeña parte para definir al todo. Algo así como juzgar un gin-tonic menos por su sabor y más por su color. En el país de las etiquetas, cualquier gesto fácil e inocuo puede cosechar las más altas alabanzas, cuando no pavimentar el camino hacia el desprestigio. Unamuno nos enseñó con su San Manuel Bueno que se puede ser buen cura y mártir pese a no creer en Dios; o precisamente por eso.

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Fotículos»

El instante

Hay imágenes en las que el elemento protagonista actúa como un agujero negro que absorbe todo a su alrededor. Observen si no la fotografía que acompaña a este texto. En ella vemos a un padre y a un hijo que cruzaron la frontera de Estados Unidos en busca de una vida mejor y a los que Trump mantuvo separados y enjaulados durante 63 días. La fotografía se captó justo cuando ambos se reencontraban. El fotógrafo podría haber capturado otro instante que nos permitiera divagar sobre el resto de detalles sin desperdicio que posee la imagen, pero hizo clic en el momento preciso.

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Nichos de mercado

De esta imagen sacamos dos conclusiones. La primera es que si bien es verdad aquello de que la vida es el alimento de la muerte, no es menos verdad que también ocurre al contrario. Miren si no –con cuidado y respeto– a través del cristal del nicho y descubran el ecosistema que nace en lo más sombrío del destino. El frondoso verdor indica que allí se realiza cada día la fotosíntesis. Ahí dentro se expira cada mañana oxígeno y se inspira dióxido de carbono; y justo al contrario conforme cae la tarde. Habrá microorganismos que nazcan y se alimenten en el nicho.

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Aparcados

No se equivoque. La imagen que acompaña a este texto no está tomada en un campo de refugiados cualquiera de la frontera de Turquía, que es donde Europa esconde sus vergüenzas. Bien podría ser, pero no. La fotografía se tomó en San Diego, una de las ciudades más importantes del suroeste de los Estados Unidos, aunque el suroeste no importe un pimiento en el país de Donald Trump. Estados Unidos esconde sus vergüenzas en los aparcamientos. Sabemos que lo es por el niño que decide dejar su coche volcado en mitad de la urbanización porque no encuentra una plaza libre.

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Relatos»

Un crimen y otros milagros navideños

Sería la última vez que los seis comensales disfrutasen de su tradicional encuentro navideño. Por obra de un macabro plan, el anfitrión y la anfitriona, la hija, la socia y su marido, y el cocinero -al que sólo se le permitía sentarse a la mesa el 25 de diciembre- no volverían a verse jamás.

La cita anual transcurrió con normalidad hasta la digestión. Como acostumbraban desde hacía diez años, cada uno de los comensales había llevado alguna vianda; una vez las hubieron degustado, se habían sentado alrededor de la chimenea y conversaban animadamente.

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Otro cuento de Navidad

La Navidad agriaba su carácter. Las emociones que propiciaban tal circunstancia eran tan antiguas como la consciencia que tenía de sí mismo. Aunque los motivos eran evidentes para los que conocían su biografía, él no entendía cómo los demás no compartían su desprecio por los abetos coronados por estrellas o los muestrarios de belenes. La Navidad lo encerraba en su coraza y le convertía en una persona silenciosa.  Su pareja había aprendido a comprenderlo con los años. A volverse también silenciosa en Navidad. Tal sacrificio la llevó a cantar villancicos lejos de él.

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Historia de un relato de verano

Descubrió que podía escribir. Aunque confundiera las uves con las bes o las ubes con las ves, o no tildara bien las palábras, sólo necesitaba un lápiz y un papel para poder escribir. Y así hizo. Al poco de empezar también descubrió que escribir le hacía sentirse como una diosa. Con unos trazos sobre el papel podía crear. Crear vidas simples y complejas. Crear historias de misterio. Crear personas que fueran héroes o villanos. Y también podía destruir vidas, misterios y personas con una sola frase. Escribir le hacía poderosa.

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Sobre mí

Andrés Cardenete

Andrés Cardenete

Perdiodista

En casa preferían un médico o un abogado, pero en la ecografía salía un periodista. Nada más terminar la carrera de periodismo empecé a aprender la profesión durante más de 15 años que me han llevado desde los medios de comunicación a los gabinetes. Fuera del folio en blanco, me gusta el fútbol y el cine. Más aún la naturaleza, en general, y los animales, en particular. Y claro, leer, leer y leer.

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