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La posverdad tiró el jarrón "Lyndon Johnson fue un candidato al Congreso de los Estados Unidos que, en plena carrera electoral, le pidió a su asesor de campaña que hiciera correr el bulo de que su principal adversario fornicaba con cerdos"

La posverdad tiró el jarrón "Lyndon Johnson fue un candidato al Congreso de los Estados Unidos que, en plena carrera electoral, le pidió a su asesor de campaña que hiciera correr el bulo de que su principal adversario fornicaba con cerdos"

La posverdad es una mentira; una rotunda falacia que se alimenta de la duda. Que en 2016 se convirtiera en la palabra del año de la clase política generalista dice mucho y nada bueno. Sin embargo, no es en este caso el significante el que otorga existencia al significado. Tengo un primo en Extremadura, por ejemplo, que llevaba abotonando su camisa hasta la nuez, en continuidad con su larga barba, un lustro antes de que sus amigos le empezaran a llamar hipster. De igual manera, la posverdad ya existía cuando los padres llegaban a casa y el jarrón se había “roto sólo”. Nadie más que el niño se encontraba allí cuando la pelota lo derribaba y se hacía añicos contra el suelo. Mi posverdad, por tanto, no es más que una mentira cualquiera de la que sólo yo puedo estar seguro.

Lyndon Johnson fue un candidato al Congreso de los Estados Unidos que, en plena carrera electoral, le pidió a su asesor de campaña que hiciera correr el bulo de que su principal adversario fornicaba con cerdos. Su asesor tachó la idea de descabellada y le contestó que nadie iba a creerse eso. La respuesta de Johnson fue tajante: “Lo sé, pero quiero ver como lo niega”. Sembrar la duda es lo que convierte a una mentira en posverdad. Pero la etiqueta es lo de menos. Una mentira siempre es una mentira: el adversario de Johnson jamás fornicó con un cerdo. Si ahora usted está pensando que “eso nadie lo sabe realmente”, ya conoce la fuerza de una posverdad. Cuando Donald Trump dice que los medios mienten…

En España, Podemos se ha convertido, entre otras muchas cosas, en una refinada fábrica de posverdades defensivas. Han tenido la capacidad de perfilar tanto el sistema, que ni siquiera tienen que empañar a sus portavoces y canales oficiales. Se sirven de sus hordas de creyentes a los que piden a través de canales soterrados (Telegram, principalmente) que siembren la duda. O, mejor dicho, ni siquiera se lo piden: un breve mensaje o un enlace es suficiente para que las redes sociales se llenen de feligreses de la posverdad para contrarrestar cualquier situación comprometida para el partido. ¿Y quién dice que no pueden llevar razón? Ay, la duda.

Los ciudadanos son rehenes de unos representantes políticos a los que ni siquiera les sirve ya la media verdad. Ahora necesitan la mentira completa, aunque haya que disfrazarla de duda. Han emponzoñado tanto el sector que los militantes y votantes han dejado de serlo. Ahora son feligreses que se posicionan por dogmas de fe. Bienaventurados los que dudan. Pero no me hagan mucho caso, todo esto que digo podría no ser más que mi posverdad.

La fiel infantería "Firman en cabeceras distintas. Desayunan juntos. Trabajan juntos. Maldicen juntos. Son periodistas de provincias que escriben noticias locales"

La fiel infantería "Firman en cabeceras distintas. Desayunan juntos. Trabajan juntos. Maldicen juntos. Son periodistas de provincias que escriben noticias locales"

En lugar de rifles, metralletas, granadas de fragmentación o lanza morteros acuden cada día al campo de batalla con libretas, bolígrafos, grabadoras y cámaras fotográficas. Han tenido que aprender a sobrevivir viendo pasar las balas muy cerca —zas, zas, zas—, justo por encima de sus cabezas. Y les juro que es admirable como lo hacen. Como se mueven en la zona de fuego cruzado que va del despacho del director o del jefe de redacción a la rueda de prensa y de esta, de nuevo, al despacho para acabar en el periódico con el que usted desayuna o en el buenos días que escucha a través de la radio mientras se afeita para ir a trabajar. Son periodistas de provincias que escriben noticias locales. Periodistas de infantería, dicen. Fieles soldados de sí mismos que se ganan la vida en territorio de nadie. En la trinchera.

En su trabajo no hay mejor compañero que la competencia. Firman en cabeceras distintas. Desayunan juntos. Trabajan juntos. Maldicen juntos. El día a día, lo básico, es cosa de todos. Para eso son Fuenteovejuna, porque es la única manera de defenderse de las trampas no esperadas que aguardan en el campo de batalla: la grabadora que se encasquilla, la coordenada mal copiada o la rueda de prensa a la que llegas tarde porque el coche no arranca. Luego cada uno lleva sus primicias, claro. Sus bombas. Exclusivas que se cuentan entre ellos con orgullo, incluso antes de ser publicadas, con la certeza de que los demás las respetarán. Admirables.

Tienen la piel gruesa. Cómo ibas a aguantar, si no, que el PP ponga cada viernes una rueda de prensa a última hora de la tarde, cuando te tienes que currar tres páginas completas si quieres disfrutar tranquilo de un fin de semana —y crucen los dedos para que no salga ardiendo el vertedero—. O que un concejal del PSOE te llame un Jueves Santo para llevarte al ayuntamiento y enseñarte ‘en primicia, oye’ los planos del nuevo campo de fútbol —aunque esto último sólo ocurra con elecciones a la vista—. O que te tires toda la mañana intentando hablar con los representantes sindicales que se han reunido con la Junta en la Unidad-de-Vigilancia-del-Comité-de-Acción-de-la-Comisión-de-Seguimiento-del-Plan-El-Futuro-De-Mi-Pueblo —y de la que está pendiente el pan de tantos—, para que luego te digan que no sé qué quieres que te cuente de la reunión, hijo. En fin.

Conozco a muchos de ellos. Sus nombres encabezan la primera columna de las noticias que leen cada día mis paisanos, o la careta de los programas que ven y escuchan. Durante más de diez años mi nombre estuvo junto al suyo, en el  desempeño de un trabajo que, demasiado a menudo, es ingrato. Si pasas mucho tiempo ahí llega un momento en el que te obligas a traspasar ciertas líneas. O a cuestionar las servidumbres. En ese momento, es mejor salir de la trinchera. O te dan el tiro.

Por eso me cisco en todos los que me cuentan que la plumilla Fulanita se ha equivocado aquí o que el locutor Menganito habla sin saber. Lo dicen así, a la ligera. Desconocen que ella ha acudido a siete ruedas de prensa en una mañana y que, jugando con el tiempo como quien hace malabares, ha cerrado a las tantas de la noche la página del periódico, mientras el teléfono no dejaba de sonar porque a alguien de arriba le han entrado las prisas. O que él se ha puesto al micrófono hoy seis veces para dar una noticia de política, otra de cultura, otra de empresas, un par de reportajes de calle y presentar un programa de una hora en el que ha informado de fútbol, baloncesto, petanca y golf. Así que, cuando alguien suelta la lindeza, guardo silencio, esbozo media sonrisa e imagino lo que pasaría si pudiera contárselo a la fiel infantería en el desayuno de mañana. Se descojonarían. Piel gruesa, ya digo.

La parte por el todo "La cuenta de Twitter en la que le deseó la muerte a Adrián ha sido borrada por la misma mano real del indeseable que escribió el tuit".

La parte por el todo "La cuenta de Twitter en la que le deseó la muerte a Adrián ha sido borrada por la misma mano real del indeseable que escribió el tuit".

Existe un pecado de nuestro tiempo que consiste en magnificar una pequeña parte para definir al todo. Algo así como juzgar un gin-tonic menos por su sabor y más por su color o calibrar las dotes musicales de un vocalista por lo que nos provoca su escote. En el país de las etiquetas, cualquier gesto fácil e inocuo puede cosechar las más altas alabanzas, cuando no pavimentar el camino hacia el desprestigio. Unamuno nos enseñó con su San Manuel Bueno que se puede ser buen cura y mártir pese a no creer en Dios; o precisamente por eso. No aprendimos aquella lección –que se lo pregunten a Piqué– y, al tiempo, llegaron las redes sociales en las que atorbellinarnos para siempre en nuestro pecado patrio. De tal modo, un insignificante puede hoy excretar una barbaridad por un altavoz social cualquiera y atribuírsele la importancia y portavocía de todo un movimiento. No faltará quien potencie su arcada verbal y la eleve al debate nacional según el interés.

Nadie sabe con seguridad si Aizpea Etxezarraga existe. Es lo de menos: la cuenta de Twitter en la que le deseó la muerte a Adrián, un niño de 8 años enfermo de cáncer, ha sido borrada por la misma mano real e indeseable que escribió el tuit. Uno no puede sino reprobar ese tipo de comentarios y confiar, mientras espera que todo el peso de la justicia recaiga sobre él, en que su diarreica ira contra el niño no sea otra cosa que el síntoma de una vida triste, vacía y prescindible.

No conozco aún a nadie que no se sume a Silvia Barquero, la presidenta del Partido Animalista, en sus buenos deseos: “Ojalá Adrián siga creciendo y mañana sea un adulto sano y fuerte capaz de tomar sus propias decisiones”. Estoy seguro de que opinan lo mismo una compañera antitaurina que dedica su tiempo libre a ayudar a niños enfermos, otra que ha sido voluntaria en un grupo de asistencia a personas en riesgo de suicidio y un afiliado de PACMA que acude cada tarde con los Ángeles Malagueños de la Noche a repartir alimentos entre los más pobres. Ellos jamás representarán al movimiento antitaurino por estas acciones, de la misma manera que el impresentable tuit de Aizpea Etxezarraga no los representa a ellos. Pero amarrar 140 pestilentes caracteres y airearlos para darles un pábulo desproporcionado es magnificar una ínfima parte para definir el todo según el interés. O, en este caso, comer en el mismo plato que quien apesta a odio irracional.

Jindama Cuando el veterano centrocampista del Atlético, Gabi, apareció de la nada para llevarse el balón, en realidad le hizo un favor al alemán. Desde entonces, Kimmich es un poco más viejo y mucho más sabio.

Jindama Cuando el veterano centrocampista del Atlético, Gabi, apareció de la nada para llevarse el balón, en realidad le hizo un favor al alemán. Desde entonces, Kimmich es un poco más viejo y mucho más sabio.

Tengo una prima que el mismo día que se casaba se dio cuenta de que la matrícula del coche que había alquilado para ir a la iglesia terminaba en trece. Hoy dice que fue el día más feliz de su vida, pero los que allí estuvimos no olvidamos que llegó a la boda con la misma cara de susto que se fue. Cuando acabó el banquete costó convencerla de que no podía llevar a todos los invitados en coche a su casa. “Por eso he sido la única que no ha bebido”, decía. “Algo va a pasar. Sé que algo va a pasar”, repetía. No pasó nada, si acaso que el miedo y la superstición se divorciaron de su cabeza al día siguiente.

Se acercaba el minuto 80 del encuentro de ayer entre el Atleti y el Bayern. El equipo del Cholo ganaba por la mínima (1-0), pero el partido era apacible, con el rival incapaz y los rojiblancos moviéndose por el campo sin alardes y sin fisuras. Entonces fue cuando llegó la jugada clave. La perla de 21 años del equipo alemán, Joshua Kimmich, se dispuso a dar un pase fácil en el centro del campo. Asomó en él ese síntoma que padecen los jugadores tremendamente técnicos e insultantemente jóvenes: olvidó que más sabe el diablo. Decidió golpear el balón de forma sutil, precisa y casi artística para dar un pase que pensaba sencillo e inalcanzable. Gabi, veterano centrocampista atlético, apareció de la nada para llevarse el balón del alemán a la vez que le hacía un favor: desde entonces, Kimmich es un poco más viejo y mucho más sabio.

Entonces llegó el golpe. No fue el Bayern. Fue Jorge Valdano. Tras la jugada, el argentino –comentarista ayer en la retransmisión de Bein Sport– quiso resaltar el desempeño de los mediocampistas rojiblancos y dijo que era inmenso el trabajo que estaba haciendo esa noche el centro del campo “del Real Madrid”. Un desliz fatal. Noche de Champions, tramo final del partido y mínima ventaja rojiblanca. Valdano con la soga en casa del ahorcado. Miedo y superstición. Con lo tranquilos que estábamos.

Lo que tienen las supersticiones –como los malos recuerdos de las finales– es que se te cruzan cuando menos las esperas. Te inquietan aunque no creas en ellas. Por ejemplo, yo no creo en cenizos, pero propondría un estudio riguroso sobre Valdano. Por si acaso. Nada más decir aquello por la tele, el Bayern se hizo con el balón y enlazó un par de paredes en la media corona atlética que Robben (ex madridista, para más susto) a punto estuvo de culminar en empate. Después hubo un penalti a favor del Atlético. Griezmann, al igual que en aquella pesadilla de mayo, fue el encargado de ejecutarlo. Antes de que cogiera carrerilla ya sabíamos que, de la misma manera, la estrellaría en el larguero. El desastre. Después el árbitro descontó cinco minutos y juraría -o a lo mejor fue cosa de Valdano- que el Bayern sacó 20 córners en el minuto 93. El horror.

Cuando mi novia llegó a casa me encontró inmóvil en el sillón. Yo permanecía con la mirada fija en la tele y me frotaba las palmas de las manos contra mis piernas. Ya hacía media hora que el partido había acabado y continuaba esperando -aún lo hago- que el Bayern empatara el partido. Desde entonces yo no soy yo. Soy mi prima.

La posverdad tiró el jarrón "Lyndon Johnson fue un candidato al Congreso de los Estados Unidos que, en plena carrera electoral, le pidió a su asesor de campaña que hiciera correr el bulo de que su principal adversario fornicaba con cerdos"

La posverdad tiró el jarrón "Lyndon Johnson fue un candidato al Congreso de los Estados Unidos que, en plena carrera electoral, le pidió a su asesor de campaña que hiciera correr el bulo de que su principal adversario fornicaba con cerdos"

La posverdad es una mentira; una rotunda falacia que se alimenta de la duda. Que en 2016 se convirtiera en la palabra del año de la clase política generalista dice mucho y nada bueno. Sin embargo, no es en este caso el significante el que otorga existencia al significado. Tengo un primo en Extremadura, por ejemplo, que llevaba abotonando su camisa hasta la nuez, en continuidad con su larga barba, un lustro antes de que sus amigos le empezaran a llamar hipster. De igual manera, la posverdad ya existía cuando los padres llegaban a casa y el jarrón se había “roto sólo”. Nadie más que el niño se encontraba allí cuando la pelota lo derribaba y se hacía añicos contra el suelo. Mi posverdad, por tanto, no es más que una mentira cualquiera de la que sólo yo puedo estar seguro.

Lyndon Johnson fue un candidato al Congreso de los Estados Unidos que, en plena carrera electoral, le pidió a su asesor de campaña que hiciera correr el bulo de que su principal adversario fornicaba con cerdos. Su asesor tachó la idea de descabellada y le contestó que nadie iba a creerse eso. La respuesta de Johnson fue tajante: “Lo sé, pero quiero ver como lo niega”. Sembrar la duda es lo que convierte a una mentira en posverdad. Pero la etiqueta es lo de menos. Una mentira siempre es una mentira: el adversario de Johnson jamás fornicó con un cerdo. Si ahora usted está pensando que “eso nadie lo sabe realmente”, ya conoce la fuerza de una posverdad. Cuando Donald Trump dice que los medios mienten…

En España, Podemos se ha convertido, entre otras muchas cosas, en una refinada fábrica de posverdades defensivas. Han tenido la capacidad de perfilar tanto el sistema, que ni siquiera tienen que empañar a sus portavoces y canales oficiales. Se sirven de sus hordas de creyentes a los que piden a través de canales soterrados (Telegram, principalmente) que siembren la duda. O, mejor dicho, ni siquiera se lo piden: un breve mensaje o un enlace es suficiente para que las redes sociales se llenen de feligreses de la posverdad para contrarrestar cualquier situación comprometida para el partido. ¿Y quién dice que no pueden llevar razón? Ay, la duda.

Los ciudadanos son rehenes de unos representantes políticos a los que ni siquiera les sirve ya la media verdad. Ahora necesitan la mentira completa, aunque haya que disfrazarla de duda. Han emponzoñado tanto el sector que los militantes y votantes han dejado de serlo. Ahora son feligreses que se posicionan por dogmas de fe. Bienaventurados los que dudan. Pero no me hagan mucho caso, todo esto que digo podría no ser más que mi posverdad.

La fiel infantería "Firman en cabeceras distintas. Desayunan juntos. Trabajan juntos. Maldicen juntos. Son periodistas de provincias que escriben noticias locales"

La fiel infantería "Firman en cabeceras distintas. Desayunan juntos. Trabajan juntos. Maldicen juntos. Son periodistas de provincias que escriben noticias locales"

En lugar de rifles, metralletas, granadas de fragmentación o lanza morteros acuden cada día al campo de batalla con libretas, bolígrafos, grabadoras y cámaras fotográficas. Han tenido que aprender a sobrevivir viendo pasar las balas muy cerca —zas, zas, zas—, justo por encima de sus cabezas. Y les juro que es admirable como lo hacen. Como se mueven en la zona de fuego cruzado que va del despacho del director o del jefe de redacción a la rueda de prensa y de esta, de nuevo, al despacho para acabar en el periódico con el que usted desayuna o en el buenos días que escucha a través de la radio mientras se afeita para ir a trabajar. Son periodistas de provincias que escriben noticias locales. Periodistas de infantería, dicen. Fieles soldados de sí mismos que se ganan la vida en territorio de nadie. En la trinchera.

En su trabajo no hay mejor compañero que la competencia. Firman en cabeceras distintas. Desayunan juntos. Trabajan juntos. Maldicen juntos. El día a día, lo básico, es cosa de todos. Para eso son Fuenteovejuna, porque es la única manera de defenderse de las trampas no esperadas que aguardan en el campo de batalla: la grabadora que se encasquilla, la coordenada mal copiada o la rueda de prensa a la que llegas tarde porque el coche no arranca. Luego cada uno lleva sus primicias, claro. Sus bombas. Exclusivas que se cuentan entre ellos con orgullo, incluso antes de ser publicadas, con la certeza de que los demás las respetarán. Admirables.

Tienen la piel gruesa. Cómo ibas a aguantar, si no, que el PP ponga cada viernes una rueda de prensa a última hora de la tarde, cuando te tienes que currar tres páginas completas si quieres disfrutar tranquilo de un fin de semana —y crucen los dedos para que no salga ardiendo el vertedero—. O que un concejal del PSOE te llame un Jueves Santo para llevarte al ayuntamiento y enseñarte ‘en primicia, oye’ los planos del nuevo campo de fútbol —aunque esto último sólo ocurra con elecciones a la vista—. O que te tires toda la mañana intentando hablar con los representantes sindicales que se han reunido con la Junta en la Unidad-de-Vigilancia-del-Comité-de-Acción-de-la-Comisión-de-Seguimiento-del-Plan-El-Futuro-De-Mi-Pueblo —y de la que está pendiente el pan de tantos—, para que luego te digan que no sé qué quieres que te cuente de la reunión, hijo. En fin.

Conozco a muchos de ellos. Sus nombres encabezan la primera columna de las noticias que leen cada día mis paisanos, o la careta de los programas que ven y escuchan. Durante más de diez años mi nombre estuvo junto al suyo, en el  desempeño de un trabajo que, demasiado a menudo, es ingrato. Si pasas mucho tiempo ahí llega un momento en el que te obligas a traspasar ciertas líneas. O a cuestionar las servidumbres. En ese momento, es mejor salir de la trinchera. O te dan el tiro.

Por eso me cisco en todos los que me cuentan que la plumilla Fulanita se ha equivocado aquí o que el locutor Menganito habla sin saber. Lo dicen así, a la ligera. Desconocen que ella ha acudido a siete ruedas de prensa en una mañana y que, jugando con el tiempo como quien hace malabares, ha cerrado a las tantas de la noche la página del periódico, mientras el teléfono no dejaba de sonar porque a alguien de arriba le han entrado las prisas. O que él se ha puesto al micrófono hoy seis veces para dar una noticia de política, otra de cultura, otra de empresas, un par de reportajes de calle y presentar un programa de una hora en el que ha informado de fútbol, baloncesto, petanca y golf. Así que, cuando alguien suelta la lindeza, guardo silencio, esbozo media sonrisa e imagino lo que pasaría si pudiera contárselo a la fiel infantería en el desayuno de mañana. Se descojonarían. Piel gruesa, ya digo.

La parte por el todo "La cuenta de Twitter en la que le deseó la muerte a Adrián ha sido borrada por la misma mano real del indeseable que escribió el tuit".

La parte por el todo "La cuenta de Twitter en la que le deseó la muerte a Adrián ha sido borrada por la misma mano real del indeseable que escribió el tuit".

Existe un pecado de nuestro tiempo que consiste en magnificar una pequeña parte para definir al todo. Algo así como juzgar un gin-tonic menos por su sabor y más por su color o calibrar las dotes musicales de un vocalista por lo que nos provoca su escote. En el país de las etiquetas, cualquier gesto fácil e inocuo puede cosechar las más altas alabanzas, cuando no pavimentar el camino hacia el desprestigio. Unamuno nos enseñó con su San Manuel Bueno que se puede ser buen cura y mártir pese a no creer en Dios; o precisamente por eso. No aprendimos aquella lección –que se lo pregunten a Piqué– y, al tiempo, llegaron las redes sociales en las que atorbellinarnos para siempre en nuestro pecado patrio. De tal modo, un insignificante puede hoy excretar una barbaridad por un altavoz social cualquiera y atribuírsele la importancia y portavocía de todo un movimiento. No faltará quien potencie su arcada verbal y la eleve al debate nacional según el interés.

Nadie sabe con seguridad si Aizpea Etxezarraga existe. Es lo de menos: la cuenta de Twitter en la que le deseó la muerte a Adrián, un niño de 8 años enfermo de cáncer, ha sido borrada por la misma mano real e indeseable que escribió el tuit. Uno no puede sino reprobar ese tipo de comentarios y confiar, mientras espera que todo el peso de la justicia recaiga sobre él, en que su diarreica ira contra el niño no sea otra cosa que el síntoma de una vida triste, vacía y prescindible.

No conozco aún a nadie que no se sume a Silvia Barquero, la presidenta del Partido Animalista, en sus buenos deseos: “Ojalá Adrián siga creciendo y mañana sea un adulto sano y fuerte capaz de tomar sus propias decisiones”. Estoy seguro de que opinan lo mismo una compañera antitaurina que dedica su tiempo libre a ayudar a niños enfermos, otra que ha sido voluntaria en un grupo de asistencia a personas en riesgo de suicidio y un afiliado de PACMA que acude cada tarde con los Ángeles Malagueños de la Noche a repartir alimentos entre los más pobres. Ellos jamás representarán al movimiento antitaurino por estas acciones, de la misma manera que el impresentable tuit de Aizpea Etxezarraga no los representa a ellos. Pero amarrar 140 pestilentes caracteres y airearlos para darles un pábulo desproporcionado es magnificar una ínfima parte para definir el todo según el interés. O, en este caso, comer en el mismo plato que quien apesta a odio irracional.

Jindama Cuando el veterano centrocampista del Atlético, Gabi, apareció de la nada para llevarse el balón, en realidad le hizo un favor al alemán. Desde entonces, Kimmich es un poco más viejo y mucho más sabio.

Jindama Cuando el veterano centrocampista del Atlético, Gabi, apareció de la nada para llevarse el balón, en realidad le hizo un favor al alemán. Desde entonces, Kimmich es un poco más viejo y mucho más sabio.

Tengo una prima que el mismo día que se casaba se dio cuenta de que la matrícula del coche que había alquilado para ir a la iglesia terminaba en trece. Hoy dice que fue el día más feliz de su vida, pero los que allí estuvimos no olvidamos que llegó a la boda con la misma cara de susto que se fue. Cuando acabó el banquete costó convencerla de que no podía llevar a todos los invitados en coche a su casa. “Por eso he sido la única que no ha bebido”, decía. “Algo va a pasar. Sé que algo va a pasar”, repetía. No pasó nada, si acaso que el miedo y la superstición se divorciaron de su cabeza al día siguiente.

Se acercaba el minuto 80 del encuentro de ayer entre el Atleti y el Bayern. El equipo del Cholo ganaba por la mínima (1-0), pero el partido era apacible, con el rival incapaz y los rojiblancos moviéndose por el campo sin alardes y sin fisuras. Entonces fue cuando llegó la jugada clave. La perla de 21 años del equipo alemán, Joshua Kimmich, se dispuso a dar un pase fácil en el centro del campo. Asomó en él ese síntoma que padecen los jugadores tremendamente técnicos e insultantemente jóvenes: olvidó que más sabe el diablo. Decidió golpear el balón de forma sutil, precisa y casi artística para dar un pase que pensaba sencillo e inalcanzable. Gabi, veterano centrocampista atlético, apareció de la nada para llevarse el balón del alemán a la vez que le hacía un favor: desde entonces, Kimmich es un poco más viejo y mucho más sabio.

Entonces llegó el golpe. No fue el Bayern. Fue Jorge Valdano. Tras la jugada, el argentino –comentarista ayer en la retransmisión de Bein Sport– quiso resaltar el desempeño de los mediocampistas rojiblancos y dijo que era inmenso el trabajo que estaba haciendo esa noche el centro del campo “del Real Madrid”. Un desliz fatal. Noche de Champions, tramo final del partido y mínima ventaja rojiblanca. Valdano con la soga en casa del ahorcado. Miedo y superstición. Con lo tranquilos que estábamos.

Lo que tienen las supersticiones –como los malos recuerdos de las finales– es que se te cruzan cuando menos las esperas. Te inquietan aunque no creas en ellas. Por ejemplo, yo no creo en cenizos, pero propondría un estudio riguroso sobre Valdano. Por si acaso. Nada más decir aquello por la tele, el Bayern se hizo con el balón y enlazó un par de paredes en la media corona atlética que Robben (ex madridista, para más susto) a punto estuvo de culminar en empate. Después hubo un penalti a favor del Atlético. Griezmann, al igual que en aquella pesadilla de mayo, fue el encargado de ejecutarlo. Antes de que cogiera carrerilla ya sabíamos que, de la misma manera, la estrellaría en el larguero. El desastre. Después el árbitro descontó cinco minutos y juraría -o a lo mejor fue cosa de Valdano- que el Bayern sacó 20 córners en el minuto 93. El horror.

Cuando mi novia llegó a casa me encontró inmóvil en el sillón. Yo permanecía con la mirada fija en la tele y me frotaba las palmas de las manos contra mis piernas. Ya hacía media hora que el partido había acabado y continuaba esperando -aún lo hago- que el Bayern empatara el partido. Desde entonces yo no soy yo. Soy mi prima.

Sánchez a lo bonzo "Me inquieta no poder ver en el telediario a Pedro Sánchez sin que mi imaginación lo prenda en llamas".

Sánchez a lo bonzo "Me inquieta no poder ver en el telediario a Pedro Sánchez sin que mi imaginación lo prenda en llamas".

Thich Quang Duc fue un monje budista –o bonzo, en japonés– que decidió morirse el 11 de junio de 1963. Por aquel entonces, el gobierno de Vietnam del Sur, bajo el mandato del presidente Ngo Dinh Diem, oprimía a sus ciudadanos. A Thich Quang Duc se le ocurrió un acto de protesta que hasta entonces no tenía precedentes, pero que acabaría sentándolos. Se fue a una de las calles más concurridas de Saigón, dijo que a tomar por saco y se prendió fuego a la vista de todos. Mientras las llamas le consumían, el monje se mantuvo quieto, sin emitir movimiento o sonido alguno. En una suerte de macabra quietud.

Una de las peores secuelas de nuestra actualidad política es que ya me será imposible pensar en Thich Quang Duc sin que se me venga a la cabeza Pedro Sánchez. O al contrario, pues al segundo me lo recuerdan más que al primero. Cuando pensábamos que un piloto automático sólo servía para relajarse y volar tranquilo, el líder de los socialistas –o a lo mejor sólo el de la militancia; se dicen tantas cosas– nos ha enseñado otra clase de piloto automático que sirve para viajar hacia el abismo y mirar tranquilo por la ventanilla mientras cruzas las manos tras la cabeza. El modo kamikaze. Consciente de que sólo existe en el futuro si acaba con Mariano Rajoy en el mismo compás que lo hace con los barones que quedan en su partido –ya puede contar en su vaina las muescas de alguno de ellos–, está dispuesto a lanzarse contra los buques de Pearl Harbour. Que no le encuentren más alternativa que Susana Díaz, es el rayo de luz en su plan. Otros partidos ya pintan pancartas en las que dan la bienvenida a la hija de los eres. Por si a Sánchez le sale el comité federal por la culata. Ya saben.

Pero lo que yo quería decir es que me inquieta no poder ver en el telediario a Pedro Sánchez sin que mi imaginación lo prenda en llamas. Y ahí estoy, frente al televisor, preguntándome con fascinación cómo puede caminar, hablar y decidir con esa macabra quietud mientras le devora el fuego que él mismo alimenta. El cuerpo de Thich Quang Duc se incineró, su corazón se mantuvo intacto, la comunidad budista le otorgó el título de sagrado y lo guardó en el Banco Nacional de Vietnam. En el caso de Sánchez no sucederá esto, pues observamos que los que hay a su alrededor tienen pinta de estar deseando echar su corazón a una cazuela para cocinarlo a fuego lento. Cinco meses después de que Thich Quang Duc decidiese prenderse fuego hasta la muerte, hubo un golpe de estado que desencadenaría en el fin del gobierno contra el que se incendió. Igual a Sánchez también le sale. Vete tú a saber.

Empercudidos "Lo normal, lo que suele ocurrir, es que en un tiempo veamos de nuevo al niño. Limpio, repeinado y preparado para ir a la escuela en el país que le haya dado refugio".

Empercudidos "Lo normal, lo que suele ocurrir, es que en un tiempo veamos de nuevo al niño. Limpio, repeinado y preparado para ir a la escuela en el país que le haya dado refugio".

«¡Mira cómo te me has puesto!». La madre mira con seriedad al niño y el niño no sabe a dónde mirar. Desde luego, mejor que no mire al futuro. O sí. Cuando el presente te deja empercudido hasta el tuétano y sentado en una unidad de rescate cualquiera, el futuro, por incierto que parezca, es el único motor. Esto lo supongo, claro. No lo sé. Yo nunca he estado empercudido hasta el tuétano y sentado en una unidad de rescate. Si acaso, en urgencias por un esguince de tobillo. A mí me tocó vivir aquí.

La imagen que volvió a sensibilizarnos fue portada de las principales cabeceras del mundo. Lo normal, lo que suele ocurrir, es que en un tiempo veamos de nuevo al niño en las mismas cabeceras. Limpio, repeinado y preparado para ir a la escuela en el país que le haya dado refugio. La madre lo cogerá de la mano para acompañarlo, pero le advertirá. «¿Ves? Así estás más guapo y me dejas la conciencia más tranquila. No te me vuelvas a ensuciar. Recuerda la que liaste la última vez».

Y ambos seguirán adelante. Mientras tanto, nuestros aliados –o los aliados de aquellos con los que nos sentamos en la mesa– despilfarrarán bombas desde sus aviones. Segarán vidas. Cerrarán fronteras. Evitarán explicaciones. Tampoco habrá quien las pida: nuestros telediarios no dedicarán grandes minutajes al niño. Un día alguien volverá a fotografiar al niño ahogado en el mar o intentando atravesar un cordón fronterizo. O –quién sabe– en el mismo asiento de la misma unidad de rescate. Esa imagen nos volverá a recordar lo mal que lo están pasando muchos, pero volveremos a marcar distancias y a personalizar en el retratado sin fijarnos en el retrato. Acotaremos nuestra conciencia a uno sólo de los rostros del sufrimiento colectivo. Olvidaremos que hay más. Y que ocurre cada día. La madre volverá a mirar al pequeño fijamente, sin que él sepa si mirar hacia el futuro. «¿Otra vez me vienes así? ¡Mira que te lo tengo dicho! Yo con el follón de las terceras elecciones y, ahora, llegas tú ensuciándolo todo». El niño de la foto es un palestino, o somalí o sudanés, en un día cualquiera. La madre somos nosotros.

Por su jeta "La garganta profunda que igual esconde en su interior la marca de dentífrico de un rey que la combinación que abre la taquilla de gimnasio de tu primo".

Por su jeta "La garganta profunda que igual esconde en su interior la marca de dentífrico de un rey que la combinación que abre la taquilla de gimnasio de tu primo".

He aquí un currículum inmaculado y un misterio por resolver. Es la página dedicada a José Manuel Soria en la publicación que recopila las trayectorias de todos los representantes internacionales del Foro económico mundial Davos 2014. No es posible, me digo, que alguien que ha llegado a ser Ministro de Industria, Energía y Turismo de España, y candidato frustrado al Banco Mundial, no tenga más mérito profesional que su título. Resulta extraño. Es mi oportunidad de resolver algo importante. Rebusco en la cómoda y me enfundo con solemnidad el gorro de cazador de misterios que me regalaron al asociarme al club de seguidores de Sherlock Holmes. Después, sentado en mi sofá orejero, examino el documento sin prisas y en silencio mientras imagino que fumo de la pipa que no tengo. También lamento no saber tocar el violín.

Definitivamente, el currículum está en blanco. Al escrutar el folio con la lupa descubro aquello que se observa a simple vista: las palabras de la página siguiente empujan al trasluz para colarse en esta. Podría ser un débil intento de coartada. Dudo si buscar en Internet el currículum de Soria, pero no quiero romper la magia. En lugar de eso, llamo a un contacto que podría serme útil. La responsable de Recursos Humanos de la empresa en la que trabajo llena aún más de oscuridad el laberinto. «A veces ocurre», me revela. «En un año nos pueden llegar cincuenta o sesenta currículums en blanco. Los descartamos de nuestros procesos de selección sin mirar atrás. Lo cierto es que sólo hay dos motivos para que una persona decida enviar un currículum en blanco: o no tiene nada que contar o, peor aún, tiene mucho que esconder. No recomendaría a nadie que se fiara de un currículum tan silencioso».

El misterio se pone interesante. Decido ponerme en contacto con una de esas fuentes a la que sólo acudes para los trabajos más delicados. La garganta profunda que igual esconde en su interior la marca de dentífrico de un rey que la combinación que abre la taquilla de gimnasio de tu primo. «Tenga cuidado con lo que va a preguntar. Sé más de usted que usted», me amenaza. Le expongo el caso y el auricular me devuelve un gruñido. «Menuda estupidez. No puedo decirle mucho de eso. A lo mejor a Soria se le traspapeló el currículum y acabó en Panamá. Vaya usted a saber». Al colgar quedo abatido. Llamo gritando a la Señora Hudson y mi novia me pregunta que quién es esa. Es entonces cuando me doy cuenta de que yo ni siquiera tengo un sofá orejero y que, realmente, estoy sentado en una butaca de IKEA. También de que el gorro de cazador de misterios es una mala copia. Lanzo con rabia el libro de currículums de Davos contra la pared y cae abierto a unos metros de mí. Entonces lo veo. Hay otro currículum en blanco. Me acerco con curiosidad y la verdad se me revela. Luminosa y clara. La otra página que exhibe un currículum vacío es la dedicada a Ana Botella. He aquí un patrón. El misterio se resuelve: al currículum de Soria nunca le faltó nada. Todo él es una gran e incómoda verdad. A diferencia de Noruega, por ejemplo, en España para llegar lejos en política sólo te hace falta el nombre. Y la jeta.

Otro mundo Entonces, como si el aparato fuese una suerte de portal que la hubiese transportado a un mundo paralelo de vidas divergentes, la protagonista esboza una  enorme sonrisa perfecta, falsa y bella, y aprieta el botón.

Otro mundo Entonces, como si el aparato fuese una suerte de portal que la hubiese transportado a un mundo paralelo de vidas divergentes, la protagonista esboza una enorme sonrisa perfecta, falsa y bella, y aprieta el botón.

No hace falta saber de física cuántica para descubrir otros universos. El libro que sostengo entre mis manos me habla de hombres valientes que yo no soy, por los cascos Bob Marley canta “Jamming“. La suave brisa refresca el ambiente. El mar acaricia los pies de una pareja que, a unos veinte metros, decora de besos el paisaje. Deportistas que corren sobre la arena, padres que juegan a construir castillos con sus hijos y palmeras que se escurren a la vista y bailan en el viento. Por un instante, el ruido de las olas parece ganar la batalla al rugido de la carretera. Es entonces cuando escucho a una chica joven que, a un par de pasos de mi posición, hace aspavientos con los brazos. Su airado tono de voz la convierte en un agente patógeno dentro del paisaje. No acierto a saber de qué diablos está hablando, pero sí la respuesta del hombre que la acompaña.

— Vas apañada si piensas que voy a estar todas las vacaciones en vela porque tú quieras llegar a las tantas de la madrugada —dice desde la toalla.

La niña pone los brazos en jarra.

— Pues la próxima vez, ya sabes: me dejas que me vaya con mis amigas a Ibiza y os venís mamá y tú solos.

— No te lo crees ni tú. Y sigue así, que a lo mejor te pasas lo que queda del verano trabajando con tu tío Alberto en la ferretería.

Aquella última frase provoca en la joven un gesto de resignación y rabia. Después aprieta los labios como si estuviera a punto de hacer pucheros y se sienta dejándose caer con brusquedad en la toalla. Queda de espaldas a mí y observo que baja la cabeza. Va a romper a llorar, deduzco. Pues no.

Sin pausa de transición entre lo que acaba de ocurrir y una realidad oculta que está a punto de sorprenderme, se eleva por encima de su cabeza una mano con un teléfono móvil. La chica se gira sobre sí misma —sin apartar la mirada de su propia imagen en la pantalla— hasta que el mar adorna el fondo. La foto del verano. Entonces, como si el aparato fuese una suerte de portal que la hubiera transportado a un mundo paralelo de vidas divergentes, la protagonista esboza una  enorme sonrisa perfecta, falsa y bella, y aprieta el botón. Pone morritos sensuales y aprieta el botón. Se pone el pelo sobre media cara, se aprieta el escote, ladea la cabeza, finge cara de ser muy inocente y aprieta el botón. Después baja el móvil y teclea con agilidad. Calculo que las fotos estarán en su red social en cuestión de instantes. El ceño de resignación, nada más levantar la mirada del móvil, me indica que está de vuelta a este mundo. Se levanta y se va a dar un baño.

— Las vacaciones con vosotros son un coñazo —dice al regresar.

Después revisa su móvil y sonríe. Al menos una de las dos se lo está pasando bien, concluyo.

Fotografía por cortesía de John.

Un par de floretes, por favor Afortunadamente para la historia de Francia, los éxitos y derrotas de Napoleón no dependieron de la complicada relación de D’Hubert y Feraud.

Un par de floretes, por favor Afortunadamente para la historia de Francia, los éxitos y derrotas de Napoleón no dependieron de la complicada relación de D’Hubert y Feraud.

Escucho a un tertuliano radiofónico comparar la que se traen Rajoy y Sánchez con un combate a muerte. Aunque me parezca exagerado hasta como hipérbole, no puedo evitar que Joseph Conrad cruce mi cabeza. En su relato El Duelo, el escritor polaco nos habla de la historia de inquina, odio y persecución entre dos soldados del ejército napoleónico. D’Hubert y Feraud se enfrentan a una sucesión de duelos que comienzan en su juventud —el mismo día que se conocen— y que no finalizan hasta pasada su jubilación. D’Hubert es hombre racional y tranquilo; Feraud es visceral y determinado. Ambos se pasan la vida batiéndose el cobre a muerte con florete o con pistola una vez tras otra. Como quiera que ninguno logra salir del laberinto —es decir, que el otro abandone un duelo con las piernas por delante— se ven condenados a enfrentarse cada vez que sus caminos se cruzan. Ambos, en cualquier caso, acaban siendo reconocidos como dos de los mejores espadachines y pistoleros al servicio del Emperador.

La noche está cubierta por una extraña y densa niebla, como si una lengua opaca quisiera engullir el estudio de televisión. Sánchez apunta nervioso a su interlocutor y dice que “es usted un indecente”; Rajoy pone cara de estar descompuesto. Una vez recuperados de las heridas evidentes —las del alma son otra historia, como veremos— ambos políticos se vuelven a encontrar tiempo después en un hemiciclo sobrecargado con una tensa calma. Rajoy dice que “no” y Sánchez calla. En su semblante estoico deducimos que no es el último combate. No pasa mucho hasta que se vuelven a encontrar, de nuevo en el hemiciclo. Esta vez Rajoy lleva la iniciativa y es Sánchez el que, mientras empuña las mismas palabras que le hirieron, dice que “no”. Ninguno sale con los pies por delante. Si acaso usted. O yo.

Afortunadamente para la historia de Francia, los éxitos y derrotas de Napoleón no dependieron de la complicada relación de D’Hubert y Feraud. Incluso, ambos pusieron a Francia por delante de su disputa y se salvaron la vida el uno al otro como compañeros durante una batalla en Rusia. “Primero el país y luego usted”, tuvo que pensar el ultra napoleónico y resentido Feraud cuando dejó el duelo personal para más tarde. Y ese es el problema de Rajoy y Sánchez. De Sánchez y de Rajoy. Primero ellos, luego el país. No hay mejor arma para batirse el pellejo que la palabra. Salvo cuando esta se encasquilla en el egoísmo. Alguien debería prestarle a estos dos un par de espadas. Por favor. O no acabara el sainete.
Imagen por cortesía de La Moncloa.

 

La soledad de la tragedia "Superamos las tragedias como quién va dejando atrás los jirones de una mortaja que se desgarra. Sin volver la vista. Dejándolas solas".

La soledad de la tragedia "Superamos las tragedias como quién va dejando atrás los jirones de una mortaja que se desgarra. Sin volver la vista. Dejándolas solas".

El elemento principal de la fotografía podría ser tomado por un menú abandonado, pero en realidad es como un ataúd dentro de un nicho cerrado. La imagen fue rescatada del interior de la zona roja que rodea a la Central Nuclear de Fukushima por el fotógrafo polaco Arkadiusz Podniesińki. La tomó en 2014, tres años después del desastre. Gracias a ella sabemos que alguien pidió una hamburguesa, un café y un paquete de patatas fritas, y que después salió corriendo cuando la tierra empezó a temblar. La fotografía inquieta porque nos recuerda la soledad más absoluta. El silencio que sigue a la tragedia.

Ignoramos si hay paquetes de patatas enterrados entre los escombros de Haití, vasos de café en el fondo del océano frente a la costa de Tailandia o hamburguesas a medias en Nueva Orleans. Tampoco nos importa ya. Cosas de la salud. Superamos las tragedias como quién va dejando atrás los jirones de una mortaja que se desgarra. Sin volver la vista. Dejándolas solas; que es lo que en realidad buscan las tragedias. O dicho de otro modo, la persona que salió corriendo en Fukushima sólo sobrevivirá si su menú pasa de estar abandonado a ser olvidado.

Cuando decimos que la realidad es dura estamos pronunciando un eufemismo para no decir que la tragedia es real. Pero también lo es la alegría que nos permite sobrevivir. Por eso es bueno que Podniesińki haya retratado la soledad de la tragedia, ya que al mismo tiempo nos recuerda que cualquier desastre, natural o no, le puede pillar a usted, por ejemplo, con los pantalones en los tobillos. Al contarnos lo repentino de aquello que nos despoja, nos recuerda la importancia de lo que nos retiene. Precisamente, la fotografía da sentido a nuestra imagen reflejada en los ojos de la pelirroja que nos mira con cariño, a la piel que se eriza con el beso, al vermú de los domingos, al agradecido detalle del vecino que espera mientras nos sujeta la puerta, a un abrazo cualquiera. Superamos las tragedias cuando escapamos. Sobrevivimos sólo si las olvidamos. Seguimos adelante porque nos acompañamos. Las tragedias no saben lo que se pierden.

*Reportaje de Arkadiusz Podniesińki en Fukushima

Grandes esperanzas "Su gol en la final de la Eurocopa del 2008 pesó siempre menos que un disparo errático en la línea de meta. Torres y sus gruesas botas, le decían".

Grandes esperanzas "Su gol en la final de la Eurocopa del 2008 pesó siempre menos que un disparo errático en la línea de meta. Torres y sus gruesas botas, le decían".

A Fernando Torres se lo inventó Dickens. Por eso no va a la Eurocopa. Por eso la vida siempre le recuerda que sus botas son demasiado gruesas. Pudo ser un personaje de trama secundaria. A saber, un joven rematadamente guapo pero con un ojo que apunta a Brighton y otro a Cornualles. O un señor que encontraría la elegancia en la vejez si no fuera por la enorme coronilla bajo la que cuelga un pelo grasiento, largo y raído. Pudo ser, también, una señora mayor con muy malas pulgas y sonrisa de bebé. Pero Torres es un personaje principal: el niño futbolista del que puedes pensar que lo tiene todo –un mundial, dos eurocopas, dos copas de Europa de clubes y una bota de oro en un mundial en Brasil–, pero al que ves llorar desconsolado un sábado noche y te das cuenta de que no tiene nada. No es difícil imaginar que Torres, para no olvidarse de quién es, exhiba en la vitrina de su casa junto a esos trofeos un DVD de Casablanca.

La ambición de Pip, protagonista de Grandes Esperanzas, era más grande que su destino. Logró con tremendo esfuerzo superarse, pero sorprendió a su madurez al suspirar desconsolado por el amor de su infancia: la chica que le rechazó por sus manos bastas y sus botas demasiado gruesas. Con Fernando Torres la opinión pública restó importancia a sus méritos. Su gol en la final de la Eurocopa del 2008 pesó siempre menos que un disparo errático en la línea de meta. Torres y sus gruesas botas, le decían. Aún joven, “El Niño” cerró su primera etapa de rojiblanco porque el equipo –su equipo– se le quedó pequeño. Logró engrandecer su palmarés con otras camisetas, pero cada vez que levantó una copa, se asomaba la bandera colchonera anudada a su muñeca. Fue su manera de decirnos que, cuando dormía, en lo que realmente soñaba no era en ganar una Champions -eso lo hace cualquiera-, era ganarla con su Atleti. Si a Torres le preguntas cuál es su personaje favorito de Dickens es probable que conteste que Humphrey Bogart en Casablanca.

El nueve del Atleti lo ha tenido casi todo para triunfar. Velocidad, descaro, desborde, remate, entrega, profesionalidad. Ni siquiera le sedujeron los cantos de las sirenas de Victoria’s Secret y decidió casarse con Idoia, que es su novia desde los 14 años. Si hubiera crecido en la cantera del Madrid, tras una discreta temporada en una liga menor como la portuguesa, aún tendría la suerte de que le convocasen para jugar con la selección en mérito a un indefendible halo de maestro zen. Cuestión de clases: a esos futbolistas se los inventa Paulo Coelho. La biografía de Torres futbolista empieza en la cantera del Atleti, que es como llamarse David Copperfield y vivir sabiendo que las comadronas te pronosticaron una existencia de sufrimiento por venir al mundo un viernes a medianoche. Con esos antecedentes no le quedó otra que irse a casa a ver la Eurocopa por la tele. De modo que usted puede estar viendo un partido de la selección española en su salón, girarse a la derecha y encontrarse sentado en su sofá, allí, junto a usted, al mismísimo Fernando Torres. Podría pasarle. Yo guardo siempre una cerveza de más en la nevera. Por si acaso. Con Dickens nunca se sabe.

Moscas "Tal y como está el corral, sorprende que el estudio no especifique –ni siquiera deje intuir– cuánta información recibe un político en una misma unidad de tiempo."

Moscas "Tal y como está el corral, sorprende que el estudio no especifique –ni siquiera deje intuir– cuánta información recibe un político en una misma unidad de tiempo."

Asistía desde mi sofá al penúltimo intento de gobierno cuando una mosca cualquiera se me pasó por la cabeza. La mosca, ya sea aquella u otra, vive poco más que un verano. O que un período electoral. El frío del otoño suele sorprenderla como la luna sorprende al sol cuando, caprichosa, se asoma al cielo en la claridad de la tarde. Con la diferencia de que para ella –la mosca, digo– el susto la deja boca arriba, sobre el mueble del televisor y con las patas estiradas hacia el techo. Vivir sólo un verano. Eso parece muy triste.

La mosca parece desilusionada la mayor parte del tiempo. Vuela por aquí, va para allá y, cuando menos te lo esperas, está allí. Siempre buscando una excusa con la que dar por bueno su verano. Es cierto que a veces encuentra algo que la ilusiona. Un excremento, las sobras de pella del domingo, un trozo de chorizo en la encimera. Por fin su vida parece tener un sentido. Pero la magia chorizo-mosca desaparece en menos de un minuto y ella vuelve a su natural estado de búsqueda de ilusiones. Y cuando uno busca constantemente ilusiones es que está desilusionado. Cualquiera puede pensar que eso es muy triste. O no.

Leí un estudio que dice que cada especie percibe el tiempo –entendido éste como la velocidad a la que transcurre la vida a nuestro alrededor– a un ritmo distinto. Precisamente, los científicos ponen a la mosca como ejemplo. La mosca ve nuestra vida pasar a cámara lenta. Todo sucede despacio. En una misma unidad de tiempo sus ojos perciben más información que la que pueden percibir los míos o los de usted mismo. Esto se debe a que los cerebros de mosca son capaces de procesar el movimiento a escalas más finas de tiempo que los nuestros. Por eso es tan difícil atraparlas.

La corta vida de las moscas, por tanto, es una trampa. Un verano con nuestra percepción podría ser casi una vida humana para ellas. Los segundos de humano que pasa desilusionada sobre el chorizo son horas para el insecto. Dios –independientemente de lo que cada uno crea que es Dios– es un cachondo.

Las conclusiones del estudio científico son desalentadoras al otro extremo de la percepción metabólico-temporal. Si tomamos como observador, por ejemplo, a la tortuga gigante concluiremos que nuestra vida dura dos telediarios. Habrá que aprovecharlos. No le faltó razón a Borges al escribir aquello de “la vida es tan corta, aunque las horas son tan largas…”. Si la existencia propia, persona o mosca, es cuestión de puntos de vista, sólo nos queda la actitud. Volemos por aquí, vayamos luego para allá y pasemos por allí cuando menos lo esperemos. Qué remedio.

Tal y como está el corral, sorprende que el estudio no especifique –ni siquiera deje intuir– cuánta información recibe un político en una misma unidad de tiempo. Ni falta que hace, supongo. Según los últimos acontecimientos y el tiempo que nos están haciendo perder, no hace falta demasiada ciencia para concluir que cuando a un político se le pasa por la cabeza un ciudadano cualquiera –usted o yo– lo que ve, en realidad, es una mosca. Disfrutemos, entonces, de los restos de paella del domingo y que no nos haga falta un gobierno para ser felices. De lo contrario el otoño llegará demasiado rápido y nos sorprenderá delante del televisor. Con las patas estiradas hacia el techo.

Capitanes de biblioteca "Alonso Quijano quiso interceder pero, como quiera que a menudo se le va la olla, confundió al capitán Flint con un dragón, se lanzó hacia el pájaro con su lanza y el guirigay que se armó fue tremendo"

Capitanes de biblioteca "Alonso Quijano quiso interceder pero, como quiera que a menudo se le va la olla, confundió al capitán Flint con un dragón, se lanzó hacia el pájaro con su lanza y el guirigay que se armó fue tremendo"

No se imaginan las aventuras que pueden ocurrir en mi estantería. Philip Pirrip, erguido sobre sus toscas botas, nos hacía reír al recordar el curioso incidente ocurrido cuando su cuñado y amigo Joe Gargery intentó aparentar modales de alta alcurnia mientras era delatado, una y otra vez, por un sombrero que parecía tener vida propia entre sus manos. Era tan graciosa su manera de contarlo y los aspavientos que utilizaba que hasta el experimentado capitán Marlow, que había conocido el horror durante su reciente travesía por África, no pudo evitar la carcajada. A excepción de Haddock –él es de otra cuerda–, los capitanes que conozco suelen ser así,  bastante serios y poco propicios a la sonrisa. Diego Alatriste y Tenorio, por ejemplo, no puede esbozar más que media. Un día de estos tengo que volver a quedar con él.

El caso es que allí estaba Pip, contándonos el pasaje de Joe y su sombrero, cuando nos asaltó la voz de Long John Silver en plena discusión con Sandokán por el amor de Ana Karenina. Alonso Quijano quiso interceder pero, como quiera que a menudo se le va la olla, confundió al capitán Flint con un dragón, se lanzó hacia el pájaro con su lanza y el guirigay que se armó fue tremendo. Jean Valjean logró establecer un cierto orden, pero los nervios no se apaciguaron del todo hasta que Sherlock, en el habitual y excesivo alarde de sus cualidades, reveló que aquella chica no era Karenina, sino su asesina Milady de Winter que se hacía pasar por aquella.  Al comisario Montalbano nunca le gustó la ortodoxia del Doctor Watson así que, tras leer las notas de éste, requirió la opinión del camaleónico Dantés para descubrir si tras esos ojos azules había realmente una homicida disfrazada.

Me hubiera encantado saber cómo acabó aquella historia, pero las ensoñaciones provocadas por un trozo de magdalena empapado en té me transportaron a otro lugar. En cualquier caso, lo más sorprendente es que esta improvisada aventura ocurriera en los casi 24 centímetros que mide una de las baldas de mi biblioteca. Imaginen lo que pueden ustedes encontrar en la librería de la esquina.

Fotografía por cortesía de dilettantiquity

*Todos los personajes de esta entrada lo son también de la literatura.
– Philip Phirrip (Pip) y Joe Gargery: Grandes Esperanzas, Dickens.
– Capitán Marlow: El Corazón de las Tinieblas (entre otros), Conrad.
– Haddok: Las Aventuras de Tintín, Hergé.
– Diego Alatriste y Tenorio: El Capitán Alatriste, Pérez-Reverte.
– Long John Silver y el capitán Flint: La Isla del Tesoro, Stevenson.
– Sandokán: Los Tigres de Mompracem (entre otros), Salgari.
– Ana Karenina: Ana Karenina, Tolstoi.

– Alonso Quijano: Don Quijote de la Mancha, Cervantes.
– Jean Valjean: Los Miserables, Víctor Hugo.
– Sherlock y Watson: Las Aventuras de Sherlock Holmes, Doyle.
– Milady de Winter: Los Tres Mosqueteros, Dumas.
– Comisario Montalbano: La Forma del Agua (entre otros), Camilleri.
– Dantés: El Conde de Montecristo, Dumas.
– La magdalena de Proust: En Busca del Tiempo Perdido, Proust.

Cunas incómodas

Cunas incómodas

Si sólo viéramos la mitad izquierda de esta fotografía tomada en el Hospital Costa del Sol, usted y yo podríamos reconocer la habitación como una UCI normal y corriente. Enfermeros tras el monitor pendientes de las constantes vitales de sus pacientes, recipientes de jabón desinfectante para manos bajo el dispensador de toallitas e, incluso, un pequeño cartel verde de esos que nos indican por dónde hay que salir. Es la mitad derecha de la imagen la que nos trastoca, la que no nos cuadra. La que nos inquieta a usted y a mí. Hay mitades que nunca deberían formar un mismo conjunto. Se llama UCI para neonatos y es el lugar al que van los recién nacidos con problemas graves de salud. Hay palabras que no deberían pertenecer a la misma composición gramatical.

Conozco a personas que aseguran vivir con el conocimiento de que la vida es sólo el alimento de la muerte, pero yo soy de los que piensan que no es justo que percibamos esa realidad antes de reconocernos viejos. Independientemente del momento en el que cada cual quiera asumir que ya lo es. Por eso, cuando nos sobreviene un imprevisto demasiado tempranero, clamamos contra Dios –o contra lo que usted considere que es dios– preguntando qué hemos hecho para merecerlo. Esa es otra de las cosas que dificultan la digestión visual de esta fotografía: Nadie que sólo acabe de nacer ha podido hacer nada, ni bueno ni malo, para merecerse acabar –o, mejor dicho, empezar– en una UCI. La realidad es puñetera.

La enfermera que está de pie, y que podríamos deducir que está embarazada, coloca el brazo sobre su barriga, como si quisiera proteger al que está por venir del lado opuesto de la sala. Hasta los pijamitas sobre el mostrador parecen querer salir de allí y se escurren en su huida hacia la papelera, adoptando una pose que les hace parecer sacados de un cuadro de Dalí. A la derecha, en primer término, está Callum, tal y como reza el cartelito bajo su cuna y, junto a él, los demás neonatos. Hay monitores en los que uno puede seguir sus ritmos cardiacos, sus tensiones y sus respiraciones. Lo más triste, tal vez, son las sillas vacías. En cada una de ellas debería haber una madre. Llegarán a la hora de comer, supongo, para amamantar de esperanza a sus hijos. La madre de Callum se ha llevado un reposapiés que espera bajo su silla, pues en ciertas situaciones es mejor no tener demasiado tiempo los pies en la tierra. La puerta del fondo está abierta. Espero que los últimos padres que salieron de allí lo hicieran con tanta alegría y precipitación que se olvidaran de cerrarla. Y es que, no nos engañemos, el objeto más valioso de esta sala es el pequeño cartel verde de la izquierda.

Fotografía por cortesía de Álvaro Jiménez Garrido

En realidad, un eufemismo

En realidad, un eufemismo

Esta habitación que nos puede parecer cualquier cosa menos un hospital, en realidad lo es. Fíjense si no en el mecanismo que tiene cada cama para llamar a la enfermera. Aunque podemos imaginar que la enfermera tampoco parecerá una enfermera, sino una abuela cualquiera de esas que curan con sopas y mejunjes de los que se guardan en termos. “Acuérdese señor”, le dirá la abuela que no parece una enfermera pero que en realidad lo es, “que por las mañanas debe tomar un vaso del termo verde y, antes de acostarse, otro del rosa. Le he puesto una etiqueta para que no se olvide. Y si le duele mucho, tome durante media hora, y a sorbitos, el contenido del termo de latón que hay en la mesita”. De todos modos, al hombre que acumula sus cosas en bolsas colgadas de las paredes le trae sin cuidado. Se cree que se muere. Por eso prefiere inhalar el humo de su pipa en lugar del oxígeno de la botella que han puesto para él y que está a su izquierda. Supongo que creer que te mueres es inevitable cuando te colocan en una cama que no es lo que parece, pues si te fijas bien descubres que es la parte de abajo de un ataúd tamaño XXL. O puede que en verdad sólo lo parezca.

Da igual. Lo importante de la fotografía del hombre asiático, la cama y la pipa es que en realidad toda ella es un eufemismo de nuestro mundo. Ahí tienen a nuestro planeta, enfermo y alimentándose de humo en lugar de oxígeno, tratado con mejunjes baratos en lugar de medicamentos, a saber, políticas ecológicas eficaces. Los que se reunieron y nos hablaron sobre los planes de futuro tras la pasada cumbre por la ecología de París deberían ser científicos -a fe que por momentos lo parecían- pero eran, en realidad, políticos. Nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera lluvia.

A lo mejor nuestro mundo no es el abuelo de la foto. A lo mejor el abuelo de la foto que ya ha asumido que se muere somos todos. Usted y yo. Quizás nuestro planeta no es más que lo que debería ser una mullida cama pero que, en realidad, empieza a parecerse a un ataúd tamaño galáctico.

Princesas y caballeros, Ibizeversa

Érase aquel país del monigote,
del ídolo nacido de la nada;
del Brugal que se paga con mamada
por afición patria a irse de gañote.

Caballeros sin más sobre el cogote,
tronistas del reino de ‘Ibizeversa’.
Mujeres que sueñan con ser princesa
publicando en sus muros el escote.

Se lleva parecer inteligente
y que los libros ardan en la hoguera
que caldea los fríos de la mente.

Vivir, sisar al necio su ceguera,
buscar entre las nubes un consuelo
con los ojos perdidos por el suelo.

De Dios y del diablo

De Dios y del diablo

En el inicio de su andadura política, el partido de Pabo Iglesias prometía predicar con el ejemplo en aquello de contar con todos. Venía a rellenar un hueco vacío que reclamaba la sociedad, cada vez más indignada con la corrupción y con una clase política que caminaba de espaldas al ciudadano de a pie. Podemos votarlo todo porque Podemos permitir que cualquier ciudadano tenga voz y voto, no sólo en las decisiones sobre el país que se tomen en el futuro, también en las del propio partido. Incluso las que afectasen a su estructura. Sin embargo, al materializarse la idea, se empezaron también a detectar ciertas trampas en el mecanismo que, a poco que no te hubieras convertido ya en un devoto de fe de la cúpula de Podemos, no eran difíciles de detectar. A saber, plazos demasiado cortos para participar en procesos decisivos para el futuro que la cúpula del partido ya tenía más que trillados, cuando no golpes de mando que, por un lado, no dejaban de ser lógicos si Iglesias y sus allegados no querían arriesgarse a perder el poder de su partido. Y eso acabó siendo: “su partido” y menos el de sus simpatizantes.

No hubo grandes pérdidas, sin embargo. Y cuando las hubo, no fueron excesivamente lesivas. Tal vez porque Podemos mantenía el discurso indignado, las promesas de rentas básicas y las amenazas a quién se atreviera a aprovecharse del ciudadano de a pie, aunque estos fueran quienes ostentasen el poder. Pero a medida que se acercó la campaña, Podemos rebajó el discurso. Sus espectaculares promesas ya no eran tan posibles y, si acaso, “ya se vería”. Por un momento, y aún hoy, no se discierne si el partido iba o venía. O si hacía un amago para quedarse donde estaba.

Salvo que fueras un devoto de fe, insisto, y a poco que siguieras la actualidad política con los ojos abiertos y atendiendo a los medios de uno y otro perfil, era fácil descubrir a Pablo Iglesias haciendo auténticos ejercicios de equilibrismo -con grandes capacidades para ello, por cierto- para contentar a todos los votantes. “A mí no me gustan los toros, pero nos los quitaría”, “los empresarios tienen que pagar más, pero vamos a apoyar a los autónomos”, “vamos a aliarnos con los partidos catalanes que quieren a Cataluña fuera de España, pero los seduciré para que se queden”… La sensación era, como digo, que Podemos ansiaba tanto los votos de Dios como reclamaba los del diablo.

Ahora nos encontramos con que Podemos da la espalda a sus propios compañeros de viaje. La falta de capacidad política con las reivindicaciones de partidos con los que ha confluido -al menos hasta que los votos han dejado de ser el objetivo- y la jugarreta que, de paso, le hace a IU -un partido con el que, a la larga, está obligado a entenderse- deja a Podemos en una situación complicada. Parecen dispuestos a pasar por encima de cualquiera, incluso de quienes les han dado la mano, para alcanzar un pellizco más de poder. Afortunadamente para ellos, como ocurre con el resto de partidos políticos en nuestro país, ya cuenta con la ventaja de tener a su disposición una cantidad ingente de devotos de fe dispuestos a aceptar por igual a Dios y al diablo.

Fotografía por cortesía de GUE/NG

Lo más oscuro del infierno

Lo más oscuro del infierno

**He colaborado con mi antigua casa, Radio Linares, en la creación de un cuento para Halloween. Juan Carlos Cabuchola convirtió mis letras en voz. Encantado de trabajar con este gran compañero y de que, de nuevo, algo mío haya sonado en la Cadena SER. Gracia s a mis excompis de Radio Linares. Para escucharlo sólo tenéis que darle al play.
Más abajo os dejo la transcripción, para los más detallistas o los que no puedan escucharlo.

Lo más oscuro del infierno

Hoy es el día más importante de tu vida. Es curioso como a veces se te olvida que lo más importante de la vida es la muerte. A mí no, yo lo aprendí el 31 de octubre de 1996, en la fiesta de mi quince cumpleaños. Aquella mañana Linares se había despertado barrida por un cálido y denso viento, como si una bocanada del mismísimo diablo quisiera robarle el alma a los moradores de la ciudad. Para celebrar mis quince años, mi padre se había empeñado en llevarnos a mí y a mis primos al campo. La mayoría de recuerdos que tengo del acontecimiento son vagos, pero no podré olvidar que estábamos jugando al pañuelo cuando el suelo cedió bajo mis pies y mi cuerpo se precipitó por un filón de lodo y raíces hasta el fondo de aquella mina maldita. Hasta lo más oscuro del infierno.

El agujero en el que caí era tan estrecho que no pude levantarme. A mi nariz llegaba un olor a ropa húmeda y azufre. Escuchaba a mi padre y a mis primos gritar mi nombre, desesperados. Intenté hacerme escuchar, gritarles que me ayudaran, pero por más que abría mi boca y forzaba mis cuerdas vocales, ningún sonido salía de mi garganta. Las voces de mis familiares se fueron perdiendo junto a mis esperanzas en el fondo de aquel lugar. Primero llegó la tormenta y, después, aquel extraño sonido. Como si algo metálico golpeara la pared de piedra que había detrás de mí. Primero pensé que sería mi padre, luego concluí que nadie podría haber llegado a tanta profundidad en tan poco tiempo.

Hubo tres golpes más fuertes que el resto y se abrió una abertura en la pared por la que se colaba una tenue luz. Distinguí bajo el hueco una desgarbada silueta de brazos delgados y largas piernas. La sangre se me heló. El olor a ropa húmeda y azufre ganó intensidad conforme aquella criatura se acercaba. Se agachó junto a mí y puso su cara frente a la mía. Me costaba respirar por el olor. Inclinó su cabeza a un lado y, en ese instante, un rayo me mostró el rostro del mismísimo príncipe de las tinieblas. En lugar de ojos tenía dos oscuros y profundos agujeros, la larga melena era blanca y raída, la escasa piel de sus mejillas parecía a punto de desprenderse y por los huecos que habían dejado los dientes en su boca se colaba una siniestra carcajada. Si el horror no me mató fue porque un golpe en la nuca me sumió en la más siniestra de las pesadillas.

Lo que soñé aquella noche me ha acompañado cada uno de los días de mi vida: Un hombre de mediana edad se afeitaba frente al espejo cuando un perro se ponía a ladrar. El hombre parecía extrañamente sorprendido ante aquel acontecimiento sin importancia. Después se escuchaba el grito de una mujer seguido de unos pasos rápidos que se acercaban hasta el cuarto de baño. La puerta se abría de golpe descubriendo a una figura macabra: un cuerpo en descomposición con ojos grandes como puños y carentes de párpados y expresión. Las manos, que ahora agarraban al hombre por el cuello, parecían podridas y sus largas y sucias uñas se clavaban en su piel hasta hacerle sangrar toda gota de vida. Aquel monstruo no vino solo a la ciudad. Las calles estaban llenas de horribles criaturas que asesinaban a su paso sin piedad. En Linares no hubo almas que pudieran contarlo. Aquella hordas del infierno acorralaban a niños y mayores en Santa Margarita, aparecían tras cualquier esquina del casco antiguo, subían la cuesta de la iglesia de Santa María aniquilando a los ciudadanos sin dejar rastro de vida. La gente huía despavorida sin hallar un lugar en el que encontrar la paz. Ya no había. Aquellos espectros del mal lanzaban por la boca un extraño líquido negro que convertía la piel de las personas en una humeante masa pastosa que se escurría como mantequilla entre los huesos. Los más lúcidos se lanzaban desde los balcones, rendidos ante el macabro espectáculo. Cuando la noche se apoderó de la ciudad ya no se escucharon más gritos. Nadie había sobrevivido.

Desperté de aquella terrible pesadilla en el Hospital de San Agustín, con mucho dolor de cabeza. Me dijeron que cuando me rescataron del fondo de la mina estaba solo y tenía un golpe en la nuca que, supusieron, me había dado al caer. Yo sé que no fue así. Dediqué gran parte de mi vida a encontrar explicación a todo lo que había ocurrido. Un día, en la biblioteca municipal, mientras leía un libro sobre las minas de Linares, mis ojos se posaron en una fotografía y un relámpago atravesó mi alma. Allí estaba él, lo recordaba como si aún estuviera a mi lado, en aquel agujero al que caí en mi quince cumpleaños. En la foto tenía ojos, pero su melena blanca y raída y la carcajada que exhibía no dejaban lugar a dudas. No he querido hacerme más preguntas desde entonces.

Hoy, 31 de octubre de 2014, hacen exactamente 18 años de aquello. Si dije que este sería el día más importante de tu vida es porque, en este instante, mientras me afeito, acabo de reconocer en el espejo al primer hombre que aparecía en mi sueño. ¿Lo escuchas? Es mi perro. Mi perro no ha ladrado en sus seis años de vida. Huele a ropa húmeda y azufre.

Ya están aquí.

 

Fotografía por cortesía de  John Althouse Cohen
Somos nuestras palabras

Somos nuestras palabras

Nuestro vocabulario nos define. Criogenizar es una palabra de nuevo cuño que aún no ha registrado la RAE, pero lo tendrá que hacer. En el diccionario ya estaba criogenia, que tampoco es muy antigua. Leo en las noticias que hay una empresa que ha solicitado permiso para construir el primer cementerio criogénico donde almacenar cuerpos congelados. Es curioso como nuestras palabras pueden definirnos como sociedad, pues que hayamos creado una palabra como criogenizar o un concepto como cementerio criogénico significa que tenemos miedo de irnos para siempre, incluso después de muertos. Aunque la ciencia nos advierta de que al congelarnos el hielo rompe nuestras células y ya no existe vía posible hacia una futura resurrección, preferimos estar congelados en la eternidad, con estalactitas en la nariz y cara de pasar mucho frío, antes que desaparecer en un horno crematorio o, peor aún, en la digestión de un gusano.

Lo paradójico de todo esto es que nosotros nos iremos, pero la que ya no se va a morir nunca es criogenizar, pues las palabras nunca mueren. Algunas veces pasan un tiempo en la nevera, congeladas, pero siempre vuelven. Sus células resisten mejor al frío, digo yo. Por poner unos ejemplos de palabras derrotadas por el desuso, diré que estoy seguro de que, cuando menos lo esperemos, volveremos a usar fiambreras para llevar al guateque la comida que compramos en la tienda de ultramarinos y lo pasaremos fetén con nuestros amigos.

Leo también en la noticia que hay quién pide que lo criogenicen vivo y concluyo que es una estupidez pues, si el hielo destruye las células, es algo así como un suicidio. O peor aún, como matarse en el intento de no morirse nunca. Nos hemos vuelto idiotas. Sólo si fuéramos palabras, pienso, tendría sentido criogenizarse. Llamo la atención de mi tía, que está viendo la tele en el salón, y le pregunto si cuando se muera quiere que la criogenicemos o qué. Ella quiere saber si eso cuesta más que incinerarse y le contesto que supongo que sí, que salir ardiendo es un momento, pero estar congelado hasta la eternidad tendrá sus gastos de mantenimiento. Entonces, a voz en grito y a sus 89 años, me dice que calcule el dinero que pagaríamos por criogenizarla y nos lo gastemos en comprarle botellas de anís y en organizarle comilonas. Que si es por ella, cuando muera podemos tirarla a un pozo. No se sorprendan, en lugar de los ganglios infectados que usted y yo podemos o no tener en las axilas, a mi tía todavía le salen golondrinos en los sobacos.

Fotografía por cortesía de bjaglin.

Fiebre de importación

Fiebre de importación

Ahí lo tienen, en la imagen. El ébola es el filamento azul, no el fondo rosa. El fondo es parte de alguien que no conocemos ni sabemos cómo estará, pero hay hasta un noventa por ciento de posibilidades de que esté criando malvas, según la tasa de efectividad del filamento. No es un producto autóctono español, es importado, como la piña de Costa Rica o el reguetón dominicano, sólo que, para consumirlo, en lugar de comértelo o bailarlo hay que pasarlas canutas de fiebre y hasta morirse. Lo ha importado nuestro gobierno, especialista en no solucionar problemas, sino en crearlos. Con la que está cayendo.

Sólo hubo unos valientes que dijeron que repatriar a los infectados era una locura. Que un gobierno debía “pensar en grande” y valorar si por salvar a un individuo que probablemente no tuviera salvación había que poner en riesgo a la comunidad. No los escuchamos. Hicimos lo de siempre, mirar con cara de bobos el telediario, ponernos en el lugar de los afectados, ser buenos chicos y confiar tranquilos en eso que llaman “el protocolo”. Pues bien, ahora nos enteramos de que el protocolo no es suficiente que, además, hace falta que quién lo aplica cuente con la formación e instrumentación suficiente. Somos unos lumbreras.

Descubrimos ahora que el Hospital Carlos III tiene nivel epidemiológico 3 y que para tratar el ébola necesitamos unas instalaciones nivel 4, de las que carecemos. Nos cuentan ahora que por muy buenos que sean nuestros profesionales, es necesaria formación concreta para trabajar alrededor de un virus tan peligroso, pues el protocolo te dice cómo quitar la tuerca pero no dice nada sobre qué hacer cuando te encuentras la tuerca torcida. Para eso hace falta experiencia.  En realidad todo esto también hubo quién nos lo dijo, pero no les escuchamos.

Pero no pasa nada. No se preocupen. Nos conformaremos con que se aplicó el protocolo, qué le vamos a hacer, las cosas son así. Volveremos a obviar que alguien ordenó hacerlo en unas instalaciones inadecuadas y con un personal sin experiencia. Seguiremos mirando al telediario con cara de bobos y el termómetro en la mano. Observaremos, antes de agarrar, la barra del vagón de metro por si vemos algo sospechoso con forma de filamento azul o, peor aún, con cara de Ministra de Sanidad.

El final del túnel

El final del túnel

La fotografía es de 2007, pero la he recordado hoy. La memoria tiene estas cosas: es capaz de devolvernos una imagen a la que en su momento no dimos importancia y pensamos olvidada. También nuestra memoria, individual o colectiva, es salvaguarda de la integridad de las personas o, tal vez sea mejor decir, nos advierte a unos de la falta de integridad de los otros. Y viceversa. Por ejemplo, si fueramos incapaces de recordar que Alberto Ruíz-Gallardón nos hizo creer que sería el esperado by-pass entre la izquierda y la derecha de nuestra política, no podríamos echarle en cara que acabase convertido en vil súbdito de la derecha más tenebrosa.

Aquel día —el de la fotografía, digo— inauguraba o abría las obras de soterramiento de la M-30. Se cuenta que el aún alcalde de Madrid, contemplando desde las alturas el resultado de la intervención urbanística sobre la ribera del Manzanares, levantó los dos brazos y dijo aquello de: “todo esto lo he hecho yo”. Muy Napoleónico. Tuvimos que haber sospechado entonces.

Viendo la fotografía uno se imagina al alcalde satisfecho por el trabajo realizado y, sin embargo, la espalda hacia adelante, los hombros caidos con los brazos lacios, alargados hacia el suelo, y su mirada buscando la luz al final del túnel parecían indicarnos lo que no vimos: que aquello no era suficiente, que necesitaba más. Sus ansias se traducen en los varios fracasos con las Olimpiadas, la justica “desuniversalizada”, los ciudadanos pagando tasas para defenderse, registros civiles “privatidados” y un rosario de despropósitos que han sucedido mientras el exministro mudaba el azul marino de su traje y el rojo de su corbata a tonos más oscuros. Mientras se atenebraba.

Así se va, soterrado bajo un halo de oscuridad, derrotado por si mismo en el intento de adueñarse de la vagina y la moral de las españolas y de refórmular —sin acercarse a mejorar— nuestro sistema judicial. Dimitir es su mayor gesta y no por la dimisión, sino porque, al hacerlo, ha alcanzado el increible hito de poner a todos los ciudadanos de este país de acuerdo en algo.

Fotografía: Gorka Lejarcegi – EL PAÍS.

Sangre de contrabando

Sangre de contrabando

Se llama David y calza 20 años. Tras el cariñoso estrechón de manos, parece tímido y callado cuando me lo presentan. Le percibo cercano, amable y sonriente, con ademanes de buen chico, pasados los minutos. Se expresa con la debida naturalidad, pero sin aspavientos. Parece recién duchado. En su físico asoman ciertos rasgos anglosajones: su pelo rojo y su piel repleta de pecas, jirones de la historia que se han ido colando en el ADN de tantos gaditanos. David vive en La Línea de la Concepción, en el entrañable barrio pesquero de La Atunara. Ni estudia ni ‘trabaja’. No es un nini. Es contrabandista de tabaco en el rincón olvidado de España.

El mejor local del peñón

Para ir de La Línea a Gibraltar sólo hay que atravesar una calle que se llama aduana. El hecho de que sea más fácil entrar que salir ya es un síntoma. Para pasar a tierras británicas sólo tengo que insinuar mi DNI al Policía Nacional que está a este lado y al ’Bobby’ que me saluda desde el otro, en el interior de una cabina, justo antes de salir de la frontera. Podría haber llevado la documentación de mi madre y no encontrar obstáculos.

Entre la aduana y las calles gibraltareñas está el aeropuerto, pero lo primero que veo es una fila de personas que hacen cola para ser atendidos en un pequeño quiosco que ocupa una posición privilegiada. Antes que el aeropuerto. Antes que la primera cafetería. Antes, incluso, que la primera parada de autobús y el primer semáforo. Si vas a pie, es el último lugar por el que estás obligado a pasar antes de usar otro medio de transporte con el que cruzar el aeropuerto. Su cartel no deja lugar a dudas: Smoke Kiosk. Quiosco de tabaco.

Hoy un cartón de Nobel cuesta en cualquier estanco español más de cuarenta euros. Acabo de comprar dos por lo que vale uno al otro lado de la aduana. En el centro de Gibraltar se pueden encontrar hasta cincuenta céntimos más baratos. La diferencia está en los impuestos, que dejan la nicotina del peñón más barata, incluso, que la que se puede encontrar en cualquier tabaquería de Londres. Todo un lujo que saben apreciar los que, delante del resto de la gente y sin ningún pudor —como si se atasen los zapatos—, abren los cartones que acaban de comprar y esconden las cajetillas en sus bolsillos y entre su ropa. La mayoría han venido a comprar en bicicleta. Así es más probable que no te paren para registrarte

En principio no es tan fácil. Una persona no puede pasar desde Gibraltar a España más de un cartón al mes. Aunque, tras una polémica y discriminatoria medida de Aduanas, los campogribraltareños sólo tienen derecho a cuatro cajetillas mensuales. Me lo cuenta el dependiente del quiosco antes de darme dos bolsas y recomendarme que, de los dos cartones que he comprado, uno lo lleve yo y otro la persona que me acompaña. Las bolsas son negras. Otro síntoma. O no. Porque es el azar, vestido de agente de aduanas de la Guardia Civil, el que decide si sales de Gibraltar dando cuenta de lo que llevas en la bolsa. A mí me piden amablemente que pase por ventanilla para registrar mi tabaco. Mi acompañante, que camina a sólo un metro detrás de mí y lleva la misma bolsa negra, pasa sin que le digan nada. Ella podría volver al coche, dejar el cartón y volver a por otro sin problemas. Podría repetir la acción hasta que el azar, vestido de agente de aduanas de la Guardia Civil, le pidiese pasar por ventanilla. Un negocio.

Nicotina que da vida

Después de un paseo por Gibraltar, cuando vuelves a suelo español, percibes con más claridad el ambiente que te rodea a poco que lleves los ojos bien abiertos. Adviertes que el tabaco allí, más que un vicio, es un estilo de vida. Una joven canturrea al pasar junto a mí por el paso de cebra, en dirección a la aduana. Llama la atención a un señor de unos cuarenta años que se vuelve montado en su bicicleta, los bolsillos traseros de sus tejanos con sendos bultos cuadrados —dos paquetes en cada uno, calculo—. “¿Quién está?”, pregunta la joven. “Toro Salvaje”, contesta él. Más tarde David me contará que ese es el apelativo por el que aquellos que se dedican al menudeo de tabaco se refieren al Guardia Civil que hoy está de turno, el mismo que me pidió que pasara mi cartón por ventanilla. Todos los agentes tienen el suyo. Están el Shakira, la Octopussy, el guapito o el Mediavista. Cada mote lleva aparejado el nivel de rigurosidad o de simpatía del agente en cuestión.

El tabaco que sale de Gibraltar por la aduana, principalmente a pie, en bicicleta o escondido tras las pastas de las motocicletas y los coches, está destinado al menudeo. El margen de beneficios para lo que cuesta sacar un cigarro es bajo: de quince a dieciocho euros por cartón si se consigue colocar a buen precio. Es por mar o corriendo playa a través, hacia la verja que separa ambos países, dónde está el verdadero negocio. Pero aquí también hay competencia. El desempleo provoca que cada vez más jóvenes compartan sus ahorros para comprar una embarcación —a veces se tienen que conformar con un pequeño bote de escasa potencia— con la que traer a España cajas completas de tabaco gibraltareño. En cada caja entran unos 100 cartones de media. Palabras mayores. Y beneficios.

De vuelta al barrio de La Atunara, la madre de David me cuenta que hace unos días llegó a casa en calzoncillos y totalmente empapado. “El pobre venía hecho una sopa. Con el frío que hacía”, dice. “Tuvo que salir nadando para que no le pillasen los guardias de Gibraltar”. Cuando termina de hablar mira a su hijo y en su mirada veo lógico miedo. Pero también un extraño orgullo de madre. Al fin y al cabo, el contrabando es un estilo de vida asumido en este lugar y practicado desde la ocupación de Gibraltar. En aquel entonces se traficaba con productos que escaseaban en España: azúcar, café, licores y tabaco. Como el tono del pelo y las pecas de David, el negocio del estraperlo fue ocupando su hueco en el genoma de la gente de La Atunara.

“El Guardia nos estaba esperando”, añade David, “agazapado detrás de unos arbustos”. “Dejé todo y cruce nadando. Pude haberme traído algo, porque el torpe se empezó a tropezar y casi se cae”, dice. Su risa muestra al niño que aún es, pero esconde el miedo. “Prefiero que me pillen aquí, en España. Si me pasa al otro lado me llevarían al calabozo y allí no sabes cuánto tardas en salir. Al ser extranjero es un lío”.

Mientras me cuenta esto se sigue expresando con educación, buenas maneras y cierta timidez. Concluyo que, definitivamente, es un buen chico que podría estar trabajando en la tienda de la esquina, por ejemplo. Pero no son buenos tiempos y el propietario de la tienda de la esquina me cuenta que le compra el tabaco a David para venderlo y poder pagar las facturas. Ahora David vive con otros seis familiares, aún es joven y con el tabaco le basta. Tal vez el día de mañana quiera formar una familia, siga sin trabajo y el tabaco no le alcance. Tal vez las mismas circunstancias que le llevaron a traficar con nicotina le empujen a trabajar otro género y cambiar Gibraltar por Marruecos. En este lado del mundo ese es un paso tan natural como la explosión hormonal de la adolescencia. De momento, ya conoce los riesgos de esa aventura. “Ese es otro mundo. Los guardias de marruecos están locos. Si te pillan de nada sirve nadar. Disparan antes de preguntar. Acabas con un tiro o en la cárcel. O con un tiro y en la cárcel, como le pasó, hace unos meses, a mis dos primos”. Entonces desvía la mirada hacia el mar y entorna los ojos enfretándose al futuro. Pensativo.

Fotografía por cortesía de flavijus.

El día que Christian Grey se folló a la literatura

El día que Christian Grey se folló a la literatura

Siento más apego por los libros y sus historias que por la literatura. Nunca he leido un libro de Dan Brown, Stephenie Meyer ni, mucho menos, E. L. James y si los he ojeado ha sido con la única intención de comprobar que la vida es demasiado corta como para hacer esperar a Dickens, Conrad, Borges, García Márquez o Dumas. Pero respeto a todo aquel que se asome a un libro, sin importar el pelaje de este. De hecho, esta clase de pelotazos vacuos permite que, de vez en cuando, las editoriales se animen a financiar a otros autores con menos promoción y mayor talento.

El problema son las modas. Las modas estúpidas, quiero decir. Fanpic,  picfan, fanspics o algo así, lo llaman. Se trata de coger a los protagonistas de una novela y reescribirles la historia. Al gusto. O hacerles una continuación. O escribir una trama que nada tiene que ver con la original pero, eso sí, utilizando a sus personajes. Busquen, por ahí pululan historias que se ha currado peña en las que Harry Potter se ha mudado a Australia y vive con su marido Voldemort que, a su vez, se ha hecho hortelano gay y ganadero de postín. La cosa es para mear y no echar gota. Por lo visto, el ’50 sombras de’ empezó siendo un fanpic -o como se diga- de estos. Una historia cambiada por completo que aprovechaba a los protagonistas de Crepúsculo. Ahora se explica todo. La creatividad ha muerto.

Nada es criticable. O casi nada. El problema es cuando compruebas que, excepto algunas honrosas y destacables excepciones, los autores de estas obras escriven como el culo, no pone ni una jodida tilde y hasta UTILIZA LAS MAYUSCULAS DE FORMA ESCESIBA JUNTO A LAS MAS LARGAS Y ESCESIBAS ESCLAMACIONES E INTERROGASIONES!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!?????????????????. INCLUSO, UTILISAN, LAS, COMAS, A DIESTRO, Y SINIESTRO COMO SI FUERAN GOTAS, DE LA LLUVIA, QUE CAEN EN, CUALQUIER PARTE O, LUGAR. Y, NO, HAVLEMOS, DE, LOS, ERROR, QUE, COMETEN, DE, CONCORDANCIA. POR SI, FUERA, POCO LA JENTE LOS LEE MAS QUE AL SAKESPEARE ESE O AL KE SE CUAJO EL, KIJOTE ESE QUE, TENIA, UNA MANCHA. SE CREAN PAJINAS, EN EL FASBU CON TROPECIENTOS, SEGUIDORES Y EN ELLAS PONEN FOTOS DE ASTORES DICIENDO QUE EL, PROTAGONISTA DE SU NOVELA ES IGUALICO, QUE JUDE LOWE O INCLUSO EL, MISMO, JUDE LOWE JODIENDO ASI UNO DE LOS ASPECTOS FUNDAMENTALES DE, LA LITERATURA QUE ES, LA IMAGINACION DEL LECTOR. INCLUSO AHI HAUTORES QUE DICE QUE SU PROTAGONISTA ES ORLANDO BLOOM Y EN LOS COMENTARIOS DE LA PAGINA DICEN ELLOS MISMOS QUE ESTA ‘MU GÜENO’. PERO DA IGUAL ESO DE CORTAR, LA CABEZA A LOS LECTORES DANDOSELO TODO MASTICADO PORQUE LO QUE IMPORTA ES QUE DES VIA LIVRE A TU MENTE Y TU JUDE LOWE DE BUFFET LIBRE CALIENTE A TUS LESTORES Y SOBRE TODO A TUS, LESTORAS. ESO ES MAS IMPORTANTE QUE LAS TILDES Y LAS HACHES Y LAS BES Y LAS UBES. Y ASI CHRISTIAN GREY SE FOLLA CADA DIA A LA LITERATURA Y ESO ES LO QUE AHI PORKE ES EL AMO Y EL SENIOR. FIN.

Nota de autor: esto cuesta más que escribir bien.

Aprensión

Aprensión

Tenía pensado escribir sobre la experiencia de estar siete días sin móvil, pero no he tenido más que un poco de ansiedad provocada por el pensamiento de que no podrían localizarme si alguien en casa salía ardiendo. Lamentablemente para mis intenciones de escribir sobre el asunto –que no para mis deseos–, ningún familiar se incendió, así que la experiencia ha resultado aburrida. Al menos hasta que recibí el mensaje de la empresa de móviles indicándome que habían recibido el aparato y que se encontraba en Eindhoven, esperando ser reparado.

Me sentí extraño, como si una parte de mí, de lo que soy, se hubiera ido a Eindhoven sin avisar. Los datos de contacto de mis seres más queridos y de mis seres más odiados; fotos de mis viajes, de mi familia, de mi casa, de mis partes púdicas e impúdicas y otras que requieren una explicación; conversaciones personales en los más variados contextos; el programita con el que accedo a mi cuenta bancaria; mis llamadas recientes; los apuntes de ideas para próximos artículos e, incluso, la agenda en la que tengo apuntado lo que estaré haciendo mañana se habían marchado a Holanda, dentro de ese aparato que es una parte de mí. Que es casi yo mismo y que almacena más información de mí que la que yo podría almacenar. Ese aparato, a diferencia de mi cerebro, sabe de memoria el teléfono de mi mejor amigo. Sus circuitos contienen mi existencia. Al fin y al cabo, es un reflejo de mí mismo. Cinco médicos me han dicho a lo largo de mi vida que tengo que dejar de ser tan aprensivo, pero pensar que una parte de mí estaba en Eindhoven y la otra, es decir yo, rascándose la barriga en el sofá me provocó un enorme lío mental.

Cuando días después un mensajero me devolvió el móvil, sentí una extraña culpabilidad. Era como haber estado en Eindhoven sin habérselo dicho a mi familia. Quise formatear para borrar cualquier rastro, pero al abrir el ordenador me encontré con un correo de la empresa de móviles indicándome que, ante la imposibilidad de arreglar el aparato que les mandé, me habían enviado uno nuevo. Ese otro yo se había escapado para siempre.

La cosa ha ido a peor. El otro día alguien envió a mi nuevo móvil una foto en la que aparecía yo frente a la Catedral de Eindhoven. Borré la foto para que no se enterara mi familia. Yo nunca he estado en Eindhoven. O eso creo. Estoy confundido.

Errando que es gerundio

Errando que es gerundio

Empecé a escribir historietas desde bien joven, en una de esas máquinas antiguas que mi padre tenía en su despacho. Siempre destaqué en las redacciones del colegio y me gustaba tanto que quise trabajar con las palabras, así que estudié periodismo. En la universidad la profesora de redacción  -que pese a ser pelirroja me caía bien- siempre me pedía que leyera en voz alta mis artículos. Después de la Universidad trabajé cinco años en un periódico y más de diez en una radio. Vivía de escribir. Ahora soy redactor creativo en el departamento de comunicación de una multinacional. Creía que dominaba la técnica, pero desde hace unas semanas la persona que corrige la novela en la que estoy metido ha detectado que fallo en el uso del gerundio. Bueno, de algunos gerundios.

Ahora, con pavor y sudores fríos, estudio el uso del gerundio. Incluso hago ejercicios. No me entero muy bien y lo peor es que con el fatídico gerundio no se puede hacer lo mismo que con los adverbios acabados en ‘mente’, no utilizarlo. Más que una herramienta del lenguaje, el gerundio es una trampa. Un inciso: perdonen que utilice tanto la palabra gerundio, pero es que al gerundio enemigo hay que hacerle frente. El caso es que, con la excusa de explicárselo a ustedes, voy a tratar aquí el uso del gerundio para ver si me entero yo también. En lugar de usos correctos de gerundio, voy a hablar de los incorrectos más frecuentes.

No debe usarse gerundio para indicar una acción posterior a la principal. Es decir que si Lázaro ha llegado en el tren de la una y a las dos visita a su tía no podremos decir que “llegó en el tren de la una, visitando a su tía a las dos”. sería mejor decir que “llegó en el tren de la una y visitó a su tía a las dos”. No obstante, sí podemos hacer un uso correcto del gerundio al indicar simultaneidad con la acción principal “Disparó cerrando un ojo” y anterioridad “Alzando la caja, dejó caer el contenido al suelo”. Un poco lío, pero se entiende.

Tampoco debe hacerse uso del gerundio para otorgar un valor o característica al sujeto. Si nos hacemos una herida en la base del cuello que llega hasta la oreja, no podemos decir que “me hice una herida en el cuello llegando hasta la oreja” y sí que “me hice una herida en el cuello que llegaba hasta la oreja”. Aunque supongamos que la oreja no es una parte del cuerpo, sino una cafetería a la que llegábamos justo cuando nos hicimos una herida en el cuello. Entonces sí podremos decir que “me hice una herida en el cuello llegando a la Oreja”. Porque se utiliza como complemento de lugar y como complemento de lugar, tiempo y modo sí puede usarse. Un lío.

Por último, no podemos hacer uso del gerundio para dar valor partitivo. Cada vez que decimos “España es un país con un clima cálido, teniendo Andalucía las temperaturas más altas” caemos en un error. Bastaría decir que “España es un país con un clima cálido y Andalucía la comunidad con temperaturas más altas”.

Y, sin embargo, pese a saberte al dedillo todas las reglas sobre el uso del gerundio, caerás. Y aquí es dónde subyace mi problema con los gerundios. Porque a lo lioso de sus usos correctos e incorrectos hay que sumar una especie de limbo o vacío legal que depende de cómo leas. O de quién lo lea. Si digo que “siempre albergué la esperanza de que el mago apareciera entre las olas, trayendo los aplausos que aquel día fueron arrastrados por la resaca” uno se puede imaginar que hay simultaneidad entre las dos acciones y que por lo tanto se justifica el uso del gerundio: a la par que el mago salía del mar, los aplausos resonaban. Y otro lector podría pensar en los aplausos que resonarían más tarde, en sus futuras actuaciones. Por lo que el gerundio sería erróneo. E, incluso, la primera de las interpretaciones deja lugar a dudas, pues para que el público estalle en aplausos, el mago debe antes haber asomado alguna parte de su cuerpo y podríamos concluir que la construcción está exenta de simultaneidad. Menudo follón.

Espero haberles aclarado algo porque yo aún sigo perdido. No tomen esto como un manual, si tienen dudas, consulten a la RAE y si creen que me equivoco les suplico encarecidamente que me lo hagan saber en los comentarios. Esto sólo es un texto que intenté escribir sin gerundios, pero lleno de ellos. Me quedo con la duda de si lo he conseguido, porque lo jodido del uso del gerundio es que no sabes si, mientras escribes, te estás equivocando.

El homenaje de los campeones

El homenaje de los campeones

Tras su próximo partido ante Australia, España abandonará el Mundial de Brasil. Dos derrotas, ante Holanda y Chile, de la Campeona del Mundo la dejan fuera y abren la puerta de la crítica después de seis años de continuas y merecidas alabanzas. Al entrenador, por no saber revertir la situación en el segundo encuentro, a aquel o este jugador, por sus errores. Incluso a la Federación Española por elegir como su sede Curitiba, con temperaturas hasta 20 grados por debajo de los lugares donde se disputan los encuentros. La imagen dada por España en los dos primeros partidos del mundial tiene su reflejo en la estadística sobre la que se soporta el éxito y el fracaso en este deporte: siete goles en contra, sólo un gol a favor. De penalti inventado.

La convocatoria de Vicente Del Bosque para el mundial generó más porqués que entusiasmo. Porqué no Isco, porqué no Gabi, porqué no Deulofeu, porqué no Llorente. Porqué Villa. Porqué Xabi Alonso. Todas esas incógnitas quedaron solapadas bajo aquello que suele solapar a las preguntas sin respuesta: un discurso ajeno a ellas, sentimental y de fácil digestión para la mayoría. Nos contaron que aquella convocatoria era un homenaje a los que nos hicieron grandes. Pues bendito homenaje.

Y lo aceptamos. Así que cualquier crítica que ahora surja será injustamente repelida por el escudo del ventajismo. Si España jamás tuvo un tiqui-taca decente con dos medio centros, si Jordi Alba no debería haber jugado con ampollas en las plantas de sus pies, si España entrenó a 10 grados para jugar a 31, si Xavi debe estar en una posición más retrasada para tener protagonismo, si Koke debió figurar en el once inicial desde el principio y toda la retahíla de críticas que se abalanzan contra la selección serán tenidas por oportunistas.

Nos queda la lección de recordar que un entrenador está para saber lo que el resto no sabe, para ver mucho antes que nadie aquello que los demás sólo pueden ver cuando se pone a rodar la pelota. O, al menos, para saber porqué los homenajes en el fútbol se dejan para los partidos amistosos.

El periodismo, cuestión de dogma

El periodismo, cuestión de dogma

Supongo que hubo un tiempo de golpes sobre máquinas de escribir, botellas de whisky en los cajones y colmillos afilados. De olor a humo y a cuerpos sucios en camisas de días desdoblados. De gente astuta y con pluma original. Más o menos sutil, pero original. Me han contado que ir a una redacción y tratar ésto o aquello con los que golpeaban las teclas daba pavor. Que uno no sabía si estaba empeorando o no las cosas mientras les hablabas y te miraban entre el humo del tabaco cómo preguntándose quién narices eras tú para poner en duda lo que habían escrito de ti. En algún momento ─esto también lo supongo─ debías dudar de cuánto sobre ti sabían. Tal vez más que tú mismo. He leído que se equivocaban o podían equivocarlos ─eso siempre pasó─, pero que jamás mentían ni daban un paso en falso. Había quién manipulaba, claro, siempre los hubo, pero también había reglas: lo hacían por beneficio personal o por el de la profesión. No había terceros. No dependían de nadie. Periodistas que vivían en la trinchera. Cada cuál no poseía más patrimonio que su firma. Su nombre escrito junto al artículo.

Luego llegaron otros tiempos. Tiempos que venían rodando desde años antes de que yo empezara en la profesión, pero que viví. Me licencié y empecé escribiendo para un periódico en el que lo primero que me dijeron fue que los artículos se publicarían sin la firma del periodista. Aquello me dolió más que el hecho de tener que darme de alta en autónomos para trabajar por cuenta ajena. Pero tragué. Y así viví. Así vivimos, tragando. Ni rastro de aquellos que supuse, de aquello que me contaron, de lo que leí. Todo parecía vencido por el argumento de que las cosas son así. Que el que paga mal, sabe. Que, en ciertas ocasiones, es mejor no molestar que contar. Al igual que el ordenador ocupó el lugar de la Olivetti, supongo que los colmillos afilados y el respeto a la profesión fueron sustituidos en algún momento por lo que quiera que venga cuando te pierdes el respeto. Cuando yo llegué nada de eso quedaba allí. Se había asumido la transición que va del periodismo a las empresas de comunicación.

Igual aquellos periodistas de raza que hoy no encuentro se dejaron vender. Tal vez hartos de todo o tal vez hartos de todos. O a lo mejor nunca existieron. Lo peor es que quizás no haya culpables, que, si el periodismo es servicio público, tenemos el que nos merecemos. No se confundan, hablo de medios, porque hay periodistas buenos. Muy buenos. Pero esos medios son hoy una montaña muy grande para el periodismo. Esto se convirtió en un negocio, dependió demasiado de los ingresos, quiso crecer para ser más. Y se pagó. En algún momento de todo eso, se acabó dependiendo de empresarios que a su vez dependían de la palmada en la espalda de las instituciones públicas, cuando no de su aportación económica. Periodistas dirigidos por empresarios. Empresarios que viven bajo la falda de sus políticos. Si querías tener mando debías dejar claro que tus virtudes con la pluma estaban a la altura de tus aptitudes con la calculadora. O viceversa.

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Esa fue la derrota de la profesión que, sin embargo, fue asumida de forma natural. Medios que, como las biblias, son sólo aptos para sus creyentes. Que cuentan lo mismo pero de diferente forma. Redactados y programados según lo que su público quiere ─espera─ que le cuenten. Un periódico para cada lector. Una radio para cada oyente. Pasen y sírvanse, están como en su casa. Hasta pasada la información local, regional y nacional nuestro prisma no les incomodará. En el caso de que lo hagamos, tendremos tacto. No encontrarán nada que les disguste. Para eso está la competencia.

Las cosas se ponen interesantes ahora. Ya saben, las nuevas tecnologías. Un varapalo para el periodismo. Quizás el último. La gente vive en las redes sociales y ese es un mundo fácil para la mentira. Uno lee los titulares más escandalosos provenientes de cabeceras tan variadas como difusas. Y se comparten, extendiéndose de unos a otros en contacto digital. Virales, lo llaman. Y no es para menos. Hay tantas webs de información ─perdonen que me ría─ que es imposible cuantificarlas, imposible saber sus intereses, su procedencia, su credo. La gente cliquea y lee. Los incautos caen en la trampa. Los lúcidos ya dejaron de creer.

Un informativo nacional cuenta que uno de aquellos violentos que reventó la manifestación pacífica del 22M llevaba una muleta convertida en una suerte de espada camuflada. Flipo. Leo en un blog anarquista que no conozco, pero al que llego a través de un tuit, que es mentira, que esa muleta fue requisada en una operación mucho anterior. Hay fotos que dicen demostrarlo. Pero esa fuente no es tan fiable para mí como la anterior. No me la creo. Luego veo que El País confirma que el policía que mostraba las fotos de la muleta, en aquel informativo nacional en el que creí, estaba mintiendo y que, efectivamente, no fue portada por nadie ni requisada. Al menos no en esa manifestación. Me cabreo. Recuerdo la foto de Hugo Chaves, el lío con la tarjeta de Mondragón y el 11M. Me pregunto si en esto se puede emular al San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno. Pero no, ni siquiera podemos vender una vida mejor. Y me convierto en agnóstico.

Fotografías por cortesía de European Parliament (cabecera) y  planeta (texto)

El Marinero y el Perro Gris

El Marinero y el Perro Gris

Llegué a la isla por accidente. Pese a las recomendaciones de mi padre, siempre me gustó navegar sola. Salí de Portonovo para hacer mi recorrido habitual vía Canarias. En aquella embarcación aprendí a navegar. Junto a su vela de proa me sentía mejor que en casa.

Después de comer me gusta sentarme en la popa y, perdida en alta mar, sumergirme en alguno de mis viejos libros. No recuerdo mucho más de aquella tarde. Si acaso, que la brisa que me acariciaba el pelo se fue afilando y que el sabor a sal que enjuagaba mi lengua ganó profundidad. Supongo que la calma chicha me sorprendió volviéndose norte y que me dispuse a campear cuando algo —quizá la botavara por un descuido— golpeó mi cráneo en el punto del desmayo.

Desperté sobre la suave arena, con el cuerpo envuelto en la húmeda caricia del mar y un penetrante dolor de cabeza. Por un instante creí que la sangre había humedecido mi ropa, pero me tranquilizó comprobar, entre jadeos, que no tenía herida alguna; pese al malestar. No sé el tiempo que pasé tumbada entre el desconcierto y las olas. Fue un extraño sonido el que me hizo reaccionar. Un eco intermitente, casi met·lico. Me incorporé sentándome sobre la arena y sentí como el corazón volvía a enviar sangre a mis músculos y a mi cabeza. La borrosa y pequeña silueta se fue aclarando frente a mí. El sonido metálico se hizo soportable. Distinguí a un perro de pelo enmarañado y gris al que —aunque esto lo descubriría más tarde— le faltaba una oreja. Ladraba a unos metros de mi posición. Se puso a dar vueltas cuando logré levantarme; quería que lo siguiera. A duras penas pude hacerlo, apoyándome a cada rato en palmeras que resbalaban a la vista y tropezando en matorrales que adoquinaban el suelo, enredándose entre mis torpes pasos. Encomendé mi alma a Dios porque ese perro supiera lo que hacía y no tardé mucho en tener respuesta a mis plegarias. Al traspasar la entrada de una especie de pueblo rodeado por una muralla de piedra y yedra, el cielo se convirtió en suelo y el suelo en cielo, el mundo volvió a apagarse, mis rodillas cedieron sin previo aviso.

Desperté de este segundo desmayo en mejor posición. El mullido catre abrazaba mi dolor y la chimenea calentaba mi sangre y una olla de hojalata.

Damián —con su voz honda como el Atlántico— me ofreció un poco de caldo. Pasé varios días reponiéndome gracias a ese marinero de hombros anchos, que también resultó ser un sabio curandero. Me aplicaba los cuidados con delicadeza, pese a su rudo aspecto. Damián tenía la piel curtida por el salitre y, cuando me quejaba de mi dolor de cabeza o de mis mareos, me miraba indiferente, como miran los que saben que la vida también va de eso.

Mientras el tratamiento y el tiempo acabaron de recuperarme el espíritu, descubrí que —para mi fortuna— aquel hombre vivía junto a un perro con el pelo enmarañado y gris al que le faltaba una oreja. Mis dos héroes.

Jamás en mi vida he conocido a gente más agradable que la de aquel pueblo. Incluso sentía simpatía hacia el brujo Elías, aunque siempre me hablara con cierto aire de superioridad. Todos me hacían sentir mejor que en casa. Mi favorita era la anciana Herminia, que cocinaba unas galletas estupendas y siempre insistía en ofrecer más de lo que mi estómago podía tolerar.

Damián me acogió en su casa y -con un poco más de tiempo- se convirtió en mi hogar. Encontré tatuajes y cicatrices escondidos en el cuerpo de este fuerte y atento marinero, comprobé que sus besos sabían a tabaco, perdí mi alma entre sus grandes manos y mis sentidos en su eterno aroma a mar.

Después de comer me gustaba pasar unos minutos abrazada a Èl y el resto de la tarde lo dedicaba a navegar en su embarcación. Pese a lo que me ocurrió justo antes de llegar a esa isla en la que nada malo pasaba —o precisamente por eso— volvía a navegar sola asiduamente.

Pero un día, en uno de esos viajes, confundí al grupo de salvamento con piratas. Dijeron que llevaban buscándome semanas. Les conté mi historia. Uno de ellos aseguró que allí no había ninguna isla, que tampoco salía en los mapas. Les conduje hasta el lugar exacto, pero sólo encontré el mar, el horizonte y un extraño vacío. La confusión no me dejó diferenciar si la embarcación en la que me encontraba era la de Damián o la de mi padre, lo que se convirtió en un argumento más para los médicos. Llené mi habitación de mapas náuticos, me escapé de casa en numerosas ocasiones y embarqué en busca de las manos de Damián. Sólo sirvió para que mis padres me ingresaran en un Hospital Psiquiátrico por recomendación médica.

Creen que estoy loca, pero no es así. Cada noche, frente a la ventana de mi habitación, un perro viene a visitarme. Tiene el pelo enmarañado y gris y le falta una oreja. Huele a mar y a cariño.

Fotografía por cortesía de mirwav.

16:53

16:53

Son las 16:42. Hora local. Es la primera vez que llega con retraso al turno de tarde, pero no le importa. Tiene todo planeado para levantar la cabeza frente al sermón del patrón. Don Charles le mirará por encima de sus redondas gafas y escupirá uno de sus habituales sermones. La puntualidad es uno de los aspectos que más ha valorado mi familia durante la larga trayectoria de esta empresa, le dirá con ese aire de viejo rico derrotado por sus complejos. También habrá amenazas que jamás se cumplirán. No tiene cojones, concluye mientras maneja su furgoneta sorprendido por lo poco que le preocupa ese momento. Hoy no. Sabe que es el mejor de los trabajadores de la destilería y que, sin su presencia, nadie sería capaz de manejar al grupo de jóvenes gamberros empleados para almacenar la carga. Ni si quiera Don Charles. Por eso es vital que siempre llegue a su hora. Pero un día es un día; hoy nada de eso importa. El beso que le ha dado en la frente a la persona que ha dejado en casa le parece un bálsamo de felicidad eterna. Por un instante, teme que él se pueda convertir el día de mañana en uno de esos ayudantes vagos que le acompañan en la destilería. Pero no puede ser, lleva su sangre.

Ha sido niño. Su mujer, prefería que fuera así. Ella tiene un hermano mayor que la ha protegido siempre —incluso después de casarse— y su idea es tener una parejita. A él no le preocupaba el sexo. La bendición es que venga sano, le repitió a su mujer durante los ocho meses y medio de embarazo. La noche anterior había sido larga. Demasiado. Impotencia por la incapacidad para compartir el dolor de las contracciones que, avisando de que el momento estaba más cerca, sentía su mujer; nervios que intentaba aplastar sin éxito, con cada paso que daba a lo largo del corredor de maternidad; oraciones en la capilla, durante dos horas y cuarto. La receta del milagro de la vida. Experimentaba una nueva sensación desde que, una vez en el paritorio, pudo contemplar la sonrisa de su esposa con el niño entre los brazos. Por primera vez compartía algo real con ella, la princesa que hacía que un trabajo precario en una destilería de mala muerte mereciese la pena. Habría empaquetado su alma y la hubiese mandado al mismo infierno por su mujer. Ahora no sólo tenía motivos para hacerlo por ella.

Aparca la furgoneta frente a la fábrica y se dirige a la entrada. Mira el reloj electrónico que lleva en la muñeca. 16:52 horas. Martes, 12 de enero de 2010. Al atravesar el umbral ve a Don Charles que lo espera en el vestíbulo con cara de viejo rico derrotado por sus complejos, mirándolo por encima de sus redondas gafas. Sin embargo, el patrón no escupe ningún sermón. Algo se lo impide súbitamente. Siente que el mundo se desploma bajo sus pies y la destilería se hace girones sobre su cabeza.

A mil quinientos kilómetros de Haití, en Florida, los sismógrafos del Instituto Geológico de los Estados Unidos casi revientan. Están registrando el terremoto más devastador de los últimos dos siglos.

Fotografía por cortesía de oshkar

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